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La fatalidad puede ocurrir incluso cuando se esquivan los pasos que previamente parecían conducir a ella.


Diez años de gloria en esta labor clandestina me convirtieron en un mito para cada uno de mis detractores -entre ellos la policía nacional y un par de sabuesos privados que apenas han sospechado mi sombra- y al mismo tiempo me he convertido en la última salida de los desesperanzados. Analógicamente en un mito se convierte la razón por la cual mis servicios se han popularizado secretamente.


Me han dicho que carezco de moral, que mi conducta obedece a una suerte de patología sin cura ni remedio. Sin embargo, la muerte de mis clientes no me conduce en ningún lugar de mi conciencia a un desborde de culpa o a algún arrepentimiento de tipo ético.


¡Los maté, sí! Lo hice sola. Yo, Laura, sola siempre. Cumplí a cabalidad, un ochenta por ciento de las ocasiones, con mi contrato. El veinte por ciento restante corresponde a situaciones en las que el propio cliente renunció a su idea. Es más, creo que si no fuera por mi diligente actuación en cada caso, no habrían llegado a mi buzón cientos de solicitudes desesperadas en busca de mis servicios. La fama de la que hoy gozo ha sido el fruto, supongo, de un esfuerzo mayor a lo largo de estos años y, aunque es clandestina, ha sido una fama ganada por mérito. Gracias a eso, hoy tengo el privilegio de contar con varios apartamentos en las ciudades más importantes del país y uno loft en Estados Unidos. También una casa de campo en la rivera mediterránea donde, en parte por ocio y en parte por merecido descanso, me desconecto un par de semanas cada seis meses.



Al comienzo no me atrevía a negar el servicio, fuera el caso que fuera; por un lado me preocupaba mi sustento y por otro, temía que mi negativa motivara venganzas o me incurriera en demandas no formales o acusaciones que me perjudicaran o me retiraran de la esfera boyante del crimen. Pude haber dedicado mi vida a mi profesión, pero la electrónica me suponía menos aventura, riesgo, adrenalina, elementos insustituibles de mi corriente sanguíneo, en últimas de mi salud.


Hoy, pese a que gozo de una excelente condición física y que tengo una lista enorme de trabajos a la espera de ser aceptados, a mis treinta y nueve años, he decidido retirarme, me entregaré. No tengo hijos ni los tendré, mi relación con los hombres se limita al trato ordinario en la vida social, jamás me enamoraría de uno de ellos. Sólo me maquillé en los casos que urgía mimetizarse, pero en la vida no laboral mi piel goza de una frescura propia de una adolescente, aun cuando, sobre todo debajo de los ojos, unas arrugas tímidas delatan las décadas que llevo encima. No estoy cansada del oficio, tampoco temí jamás ser atrapada. La sombra de alguna celda reconstruirá mi semblante. He seducido a jueces y sobornado a policías y lo volvería a hacer si fuera necesario. Todo esto se acaba hoy porque he recibido una mala noticia. Lo que acabo de ver tras esa puerta confirma mi propia fatalidad. ¡Quisiera jamás haberme abierto al amor con ella, tampoco haberla seducido! Menos debí dejarla conocer las intenciones de su esposo. Quemaré el sobre que está en mi bolsillo sin abrirlo. No me debí involucrar con la futura viuda. Rompí todas mis normas. No la buscaré a ella. ¡Quisiera que el ascensor no se detuviera en el piso UNO y que me sacara definitivamente hacia el otro infierno donde no estén ni el amor, ni Eliana, trabajaré para borrar su recuerdo!


Agosto 24, Sección POLÍTICA:


«La ministra de educación, la Dra. Eliana Rodríguez de Trujillo entregó la noche anterior al señor presidente de la República su carta de renuncia. La prestigiosa abogada e ilustre educadora se desvincula del gobierno por “motivos personales” y ha manifestado que su decisión es irrevocable. Fuentes cercanas a la dirigente y a este diario han revelado que la ministra no sólo deja su cargo sino que abandona a su familia y se instaurará en Chile definitivamente. Hablamos con su esposo a quién también la decisión parece haberle caído de sorpresa: “No estoy enterado al respecto, pero dudo que Eliana tome una decisión como tal sin ni siquiera anunciármela” –aseguró. “Es cierto que en la familia pasamos por una crisis a la que no quiero referirme, pero todo ese supuesto cambio me parece no sólo demasiado absurdo sino prácticamente injustificable, debe ser alguna argucia de la oposición que quiere desestabilizar al gobierno metiéndose con una de las funcionarias más reconocida por su dedicación incansable en lo social. No olviden señores periodistas que la vida siempre resulta ser, más allá de sí misma, una contundente ironía”- agregó el esposo de la ministra.


La cartera podría ser delegada al actual editor y ex constitucionalista Siro Benavides. Su experiencia en el ramo de la educación pública lo acredita como el más opcionado para asumir el cargo. Benavides estuvo a cargo del comisionado de gestión que planeó, diligenció y ejecutó el Plan Tres Mil de Educación. También fue rector por seis años de la Universidad Nacional José Restrepo del Norte, en cuyo cargo recibió no sólo la Acreditación Internacional de Educación que otorga La UNCEFA sino además numerosos premios a la calidad en prestación de servicios pedagógicos a nivel superior.»


° ° °

No lo puedes creer, el esposo de Eliana había solicitado tus servicios apenas hace un mes. Luego la conocerías a ella, qué dulzura. La llamada te pareció entonces muy extraña, su voz, su forma de expresarse, nada sugería estar realmente dictado por la conciencia de un hombre resuelto a morirse. Incluso acordó un aumento en la tarifa para adelantar la ejecución el día en que finiquitaron los detalles en la cafetería del centro de la ciudad donde precisaron la fecha. Faltaban apenas unas horas para enviarlo al cielo y recibir tu pago cuando leíste un correo electrónico –sugerido proféticamente once años antes por la canción “I´m open” (“Estoy abierto”) de Eddie Vedder:


CCO_______________________

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ASUNTO: Cancelación del contrato.


MENSAJE:

Señora Céspedes, sírvase dar como cancelado el contrato suscrito conmigo. Mi esposa sospecha sobre mi intención de abandonar el mundo. Por eso deseo seguir vivo y aspiro a resolver todos los asuntos de mi vida. Le tuve que confesar todo porque ella escuchó nuestra última conversación en la que acordábamos los últimos detalles. Por el pago de sus honorarios no debe preocuparse, hoy mismo recibirá un sobre con el total de dinero pactado más una suma de indemnización por cancelación del contrato, tal como acordamos el 22 de julio en la cafetería “El Toche”.


RESPONDER REENVIAR GUARDAR EN LISTA DE CONTACTOS


Prendiste el celular y te encontraste con doce llamadas perdidas y nueve mensajes de texto. Una de las cláusulas había sido expresamente no dejar mensajes en el celular, pero el asunto era de vida o muerte, literalmente. Te habías prometido nunca vincularte con la familia de los clientes y en lo posible nunca saber nada sobre ellos. Fallaste.


Corriste de inmediato al lugar donde sabías que estaba el señor Trujillo: su apartamento; dejaste un sensual pero corto masaje en las nalgas del celador del edificio con un billete de cincuenta mil pesos; oprimiste ansiosa seis veces el botón que traería el ascensor, luego oprimiste tres veces el número 17 y el botón de las flechas para cerrar las puertas. Te deslizaste al 1709 y encontraste la puerta apenas ajustada.


Adentro y sin vida, recostado en un diván curtido por el tiempo, encontraste el cuerpo de Pablo Trujillo Córdoba y en la mesa un sobre nutrido que parecía esperarte bajo el frasco de Prozac vacío. En el piso, una nota en una hoja casi transparente por el cúmulo de lágrimas; una hoja escrita con ese tipo de letra que reconocías plenamente había sido escrito por ella:

“Pablo, te dejo, no por la irascibilidad que produce tu depresión, ni por las recientes discusiones en torno a tu comportamiento, tampoco por esa “fría infertilidad” que me atribuyes gracias a tu inagotable sarcasmo; si no porque me enamoré de la que será tu verdugo, de Laura, sí, a quien al comienzo conocí para rogarle que no lo hiciera y aunque mi vida es imposible con ella, lo es también contigo en adelante. Antes de que acaben o acabes con tu vida, me aparto yo misma de esta. Piénsalo.” Eliana.


Septiembre 31, Sección JUDICIAL:


Los primeros análisis del grupo de investigadores forenses de la fiscalía permiten suponer que el señor Pablo Alejandro Trujillo Córdoba, esposo de la ex-ministra de Educación –quien hasta el momento ha sido imposible de localizar- sufrió un infarto producido por la ingesta de 39 pastillas tranquilizantes. El juez que lleva el caso anunció incorporar el resultado definitivo de la investigación al expediente que se había abierto por supuesto homicidio culposo. La ingeniera Laura Céspedes Contreras ha sido desvinculada al proceso en su calidad de testigo con base en una revisión completa de llamadas y mensajes recibidos en su celular, e incorporada como “principal sospechosa” luego de su indagatoria. La señora Céspedes confesó una serie de crímenes que hacen parte de una vigorosa empresa criminal en la última década. También negó el auxilio de un abogado a si fuera de oficio.. Se han abierto setenta nuevos casos en contra de esta “mujer sicario” dada la calidad de sus confesiones. A la salida del Búnker, debidamente esposada y escoltada, Céspedes sostuvo frente a los medios, con una voz helada: “En este caso, se me adelantaron”. FIN

° ° °


Autor: Luis Felpe Jiménez (1976). Bogotá, Septiembre de 2007.


Por: Luis Felipe Jiménez* (1976)


Mi nombre es Irene, soy paramédica y soy enfermera de vocación. Eso estudié gracias a un préstamo que pude terminar de pagar apenas hace poco. Mi vida ha sido siempre la de una persona que le gusta servir, desde niña. La verdad es que por plata no pude ser lo que yo más quería ser: cirujana. Pero ya no trabajo en el sector salud, me echaron.


La historia que voy a contarles a continuación me ocurrió a mí, nada es inventado. La vida no es dura, es dolorosa. Sólo porque pasó hace un tiempo es que… ahora puedo contarla… es una historia de dolor.

Hoy en día trabajo cuidando a doña Bertha, una abuelita lo más de linda que sufre de un cáncer porque mi Dios le quiso dar ese regalo quién sabe por qué. Ella se va a morir pronto, Dios no me oiga, y yo quedaré sin empleo hasta que consiga algo para subsistir.


Vivía con mi mamá en el barrio Palermo en Bogotá, allá no es que fuéramos súper felices, pero vivíamos bien. A papá dejé de verlo cuando tenía 7 años, lo recuerdo, bueno, recuerdo que le pegaba a mi mamá, ella es muy valiente y decidió que lo mejor era abandonarlo. Toda la educación que tengo es gracias a ella, no ha habido en el mundo nadie más valiente que mi mamá. Yo trabajaba en una ambulancia con turnos muy exigentes, pero ganaba bien. Servir hace parte de mí.


Lo único malo de mi trabajo en la ambulancia era que no tenía mucho tiempo para leer, siempre me ha gustado leer, mi escritora preferida es Ángela Becerra, ustedes deben conocerla. Una vez casi renuncio porque, aunque era mi profesión, en la ambulancia tenía que ver mucho dolor, heridos muy graves.



Me habían dicho que uno se acostumbra y es cierto, pero a veces uno se deprime de ver tanta injusticia, que Dios me perdone, pero a Él siempre le reclamé. No era justo ver a niños tan enfermitos. Al quinto mes de trabajar en la ambulancia, se nos murieron tres pacientes y eso que nosotros, sobre todo con mi último compañero, Jairito, hacíamos nuestro trabajo muy bien.


Una tarde llegó a nuestras vidas algo más grande y poderoso que nosotros y nuestras buenas intenciones. Llegó la tentación del diablo o llegó el diablo mejor dicho. Llegó a seducirnos con un sueldo igual al que ganábamos, pero debajo de cuerda. Y tanto Jairito como yo no dudamos en aceptar. Eran dos sueldos más las bonificaciones, ustedes entienden. En serio, de verdad, eso fue el diablo que se nos metió a la ambulancia.


El dinero no lo es todo, eso dice la gente, pero cuando lo tienes en frente, es difícil rechazarlo. Aceptamos la propuesta de trabajar sólo para una clínica al noroccidente de la ciudad. Es decir, nosotros recibíamos el llamado de la central por personas graves ubicadas no sólo en el norte, muchas veces eran personas en estado grave que vivían al sur.


Pues íbamos, las recogíamos y las llevábamos a la misma clínica, al norte. No importaba si había clínicas más cercanas. Mejor dicho, la prioridad no era el paciente sino la clínica. Por cada paciente de otra zona que llevábamos, se nos anotaba un positivo en una planilla que manejamos sólo por whatsapp.


Esos positivos en la planilla nos daban ciertos beneficios, como media jornada de compensatorio extra, también bonos para reclamar en supermercados.


La planilla, claro, no registraba ni nuestros nombres ni el nombre de la clínica, todo estaba oculto en un código que sólo nosotros conocíamos. Era una mafia, hoy tengo que aceptarlo, yo hacía parte de una mafia, una mafia siniestra.


Irene comienza a sentir que sus ojos son llamados por el llanto.


Así trabajé por casi dos años, sobre todo porque pensaba ahorrar para pagarle a mi mamita un tratamiento especial para su cáncer.


Mamita… tan hermosa ella... tuve que contratar a una colega enfermera para que la acompañara y le colaborara porque además del cáncer ella sufría de artritis y había días que ni moverse podía, mi mamita, Dios, te la llevaste, por mi culpa, mi mamita...


Irene Bustos Mendoza, 31 años, enfermera de profesión, servidora de pasión, paramédica especialista en urgencias hospitalarias, rompe en llanto, se desarma. No puede relatar más, es el dolor de su madre, sumado al suyo, el que le secan sus palabras.


Irene lo intenta, pero no puede continuar con su relato. Es el llanto y la culpa la que la tienen a punta de antidepresivos desde aquel día que Raquel Mendoza de Bustos, su madre, falleció.


Sábado 21 de agosto, SECCIÓN JUDICIAL


Descubierta banda delincuencial del sector salud en la ciudad de Bogotá. Ha sido imposible determinar cuántas personas han muerto en este tenebroso negocio que involucra a una red de ambulancias, una clínica y a funcionarios de la línea de atención a urgencias.


”La mafia de las ambulancias ha sido desenmascarada”, dice el Coronel Justo Fernández, comandante del Comando 2 de Inteligencia Policial. “Veníamos tras la pista del líder de esta banda de delincuentes que jugaban con la vida de la gente.


“Tenemos capturado al director de la Clínica Barbosa, se encuentra en indagatoria y gracias a la labor de la Fiscalía pudimos dar con tres líderes más de esta banda del hampa que traficaban con los enfermos en la ciudad”, sostuvo el coronel.


Fuentes indican a este medio que la Fiscalía sigue investigando si hay mas bandas de la muerte como estas en otras ciudades del país.


Irene respira profundo y suelta el periódico. El papel cae y deja ver, en el suelo, una pequeña foto de su madre que alguna vez extravió por andar de afán en afán.


Este gesto del destino parece decirle a Irene “ya no mires más noticias, deja el periódico ahí, haz algo, tú tienes el valor, hazlo por ella, tu viniste al mundo para salvar vidas, ella te lo agradecerá”.


-"Doctor, yo sólo quiero que se me garanticen mis derechos, sé cómo funcionaba todo, yo hacía parte de la red. Sé que no era sólo una clínica, pero yo sólo trabajaba para una". Le puedo dar nombres, le puedo mostrar al juez o a los fiscales mis planillas en whatsapp y… descifrarles el código, así lo llamaba el ingeniero que contrataron para las planillas secretas.


El abogado analiza las posibilidades de rebaja de pena por delación, piensa en cómo buscar las mejores condiciones de reclusión para Irene, la escucha atentamente mientras observa cómo la ansiedad se apodera de ella.


-“Bueno, pero cuénteme por qué quiere confesar, a usted no la están buscando, ellos quieren a las cabezas de esta organización, a usted la podemos presentar como una víctima de todo eso”. Podemos decir, no sé, que la obligaron y que para no perder su empleo usted simplemente cumplió órdenes, podemos estar ganándonos buenas rebajas, Irene, en este negocio hay que delatar para ganar beneficios ¿sí me entiende?”


-“Doctor, yo soy responsable, yo pude convencer a Jairito para que no lleváramos más gente a esa clínica. Tuvimos dos muertos en la ambulancia que tal vez se hubieran salvado si los hubiéramos llevado a una clínica más cercana”.


-“Entiendo sus razones, Irene, aún así no es razón para entregarse así, podemos ajustar su versión, créame que en derecho todo se puede, eso es carreta de colegas que se las dan de pulcros y sostienen que lo importante son los hechos”.


El abogado no está preparado para ayudarle con convicción. Sobre este tinterillo pesa la sospecha que llegado el momento compró dos notas a profesores en el último semestre de su carrera. Éticamente está impedido para oficiar en la administración de justicia.


“Doctor hay una razón más fuerte, es mi mamá”.


“¿Qué le pasa a su madre”, Irene, cuénteme con confianza que en estos casos cualquier información adicional puede ser útil.


“Mi mamá falleció, doctor, por mi culpa”.


“¿Cómo así que por su culpa? ¿usted la mató?”


“No doctor, yo no la maté pero fue como si yo la matara. Ella me llamó y yo estaba en la ambulancia, estaba cerca y todo, no fui por ella, se me estaba muriendo y no hice nada”.


Irene traga saliva e intenta controlar el llanto.


-“Cómo así, por qué no la ayudó”. El abogado se muestra cada vez más intrigado.


-“Porque llevábamos en la ambulancia a un doctor muy importante, a un político que necesitaba llegar rápido al centro, creo que era un senador o un político de esos, estaba con la moza, así le decía él cuando hablaba con Jairito”.


El abogado le quitó la mirada, miró al suelo y recordó a su amante, quedó de llamarla el día anterior y no lo hizo. “Esa vieja ya no debe estar esperando mi llamada”, pensó.


-“Nos pagó siete millones de pesos a cada uno, no sé de dónde sacó mi celular, pero creo que debe ser amigo de alguien en la clínica porque yo mi celular trato de no dárselo a nadie”.


-“¿Entonces no alcanzó a recoger a su mamá por llevar a este político? ¿Cuál político es?”


-“No alcancé doctor, cuando llegué ya estaba muerta, Jairito y el otro paramédico, Óscar, intentaron revivirla, pero no pudieron, yo quedé en shock, no volví a hablar sino como al tercer día. Ni lágrimas me salían, casi no podía dormir.


-"¿Cómo se llama el senador? ¿Es senador o representante a la Cámara?"


El abogado no muestra ningún tipo de empatía por el duelo de su cliente, le parece más importante la noticia del político que hizo uso del servicio de la ambulancia para esquivar el trancón. Cree que ahí puede sacar una tajada si logra vincularse con el político dado el grado de importancia del secreto que acaba de escuchar.


-"Yo no sé, Doctor, un es uno de esos que dicen que quiere ser presidente, a mí la política no me gusta yo nunca voto. No me sé los nombres y ese día todo fue como en secreto, usted entiende, la que sí me cayó bien fue la novia del tipo, le sacó su buena plata al final cuando se despidieron, al menos la plata del pueblo que vuelva al pueblo. Pero doctor ¿sí me entiende? Se me murió mi mamita por mi culpa, yo la maté…"


Irene toma un poco de aire y corrige…


-"Yo no la maté, yo no la maté, eso me pide el psicólogo que repita, y también el doctor ese que me colabora… tuve que ir a donde un… un psiquiatra y desde eso me tomo estas pastillas que me ayudan a dormir". FIN

Felipe es Editor de El Relato del Domingo

Fotos: Rodnae productions, Laura James, EVG Culture y Pavel Danilyuk

Biorelato

Autor: Álvaro Valencia* (Bogotá,1977)

Terminé de arreglarme. Salí del baño y abrí la puerta del cuarto. Ella permanecía inmóvil en la cama, esperando mi despedida, como siempre. Me acerqué con recelo para no ser muy cariñoso. Le acaricié el hombro que se asomaba contrastando fuertemente con el blanco de la colcha y del cuarto. La luz se colaba intensamente por las rendijas del black-out, dibujando unas fuertes franjas destellantes en el piso y sobre la cama. Ella se volteó histriónicamente adormilada y tibia me dio un pequeño beso en los labios. Muerto de la envidia, casi le ordené que siguiera durmiendo. Como siempre. Bajé en el ascensor, muy contento, con saco nuevo y mis viejos pantalones de pana negra.


Encendí el iPod, preparando todo para el amable trayecto desde su edificio hasta mi oficina. Diez o quince minutos caminando, la mañana sobre el Parque del Virrey… It´s a fine day. Opus III sonó en los pequeños audífonos mientras la puerta del ascensor se abría para dejarme ver el primer piso. Crucé la estancia hasta el puesto del vigilante. Me despedí con una enorme sonrisa en la boca, murmuraba, feliz, entre dientes, la canción. Se me entrecortó apenas sentí un rasguido seco que atravesó la música, se atravesó entre la despedida ese rasguido duranre mi paso en el pequeño escalón. Por no ser evidente, preferí seguir como si nada, a pesar de que noté la reacción del hombre ante el singular ruido. Continué; para que nadie lo notara en la calle, preferí ignorar el percance y posponer una revisión minuciosa, al menos por otro rato. Un poco más adelante, con un palpo rápido y una mirada por encima, detecté que tenía un pequeño agujero justo debajo de la cremallera, en mi pantalón. Se ocultaba a sí mismo por el pliegue de la pierna. No me preocupó para nada. Seguí caminando, sintiendo el viento todavía tan frío en la cara y el sol tibio de las siete de la mañana en la espalda. Cuando llegué a la oficina pude revisarme con tranquilidad. No habría ningún problema siempre y cuando no pretendiera abrir mucho las piernas. Al salir del trabajo decidí comprar un Charlie´s de camino a casa. Llegué el restaurante. Pedí dos Charlies, esa mezcla entre humburguesa y sánduche de roastbeef. Ambos con salsa horseradish, también pedí papas fritas, una malteada grande de fresa y mucha mostaza, todo para llevar. El hoyo en mi pantalón había aumentado un poco de tamaño durante el día; casi se me había olvidado. Tuve un grave descuido al cruzar las piernas cuando me senté a esperar que despacharan mi pedido, creció dramáticamente, despidiendo el mismo sonido seco de esta mañana. Ahora el agujero en mi pantalón había aumentado el diámetro, más de cinco veces, desde la última revisión. Mi piel, blanca, atravesaba el fondo negro de pana, asomándose por la enorme rendija, como los rayos de luz que se colaban por el black-out, temprano, al salir de la habitación. Apenas observé que el pedido estaba listo, me acerqué rápidamente a la barra y recibí dos bolsitas plásticas con mi comida. Serían el objeto perfecto para ocultar el gran hoyo…


Salí del establecimiento tapándome muy disimuladamente, cargando las bolsas pegadas a mi cuerpo, a la altura de mi cintura, de manera muy casual y efectiva para cubrir mi súbita y avanzada revelación nudista. Detuve un taxi, el primero que pasó, de los pequeñitos, de los que te sacan de apuros.

Me subí. ¡Maldición! al montarme sentí de nuevo el ruido seco desde mi pantalón. ¡Realmente se estaba deshaciendo! Me resigné, calmadamente distribuí las bolsas sobre mis piernas para taparme como pudiera. Sentí el calor de la comida a través del plástico sobre mi piel; respiré muy hondo y abrí la ventana. Me llamó la atención el tamaño del conductor. Era enorme para ese carro tan pequeño. No había terminado de indicarle hacia donde nos dirigíamos, cuando el gran hombre comenzó a pitar cómo si nunca antes lo hubiera hecho. Gritaba, pitaba, maldecía, vociferaba, y despotricaba mientras me decía que le enfurecía la gente que paraba en la mitad de la calle. Insistía con furia que odiaba a los oligarcas porque “creen que por su dinero, son los dueños de la ciudad”. Justo al frente nuestro se encontraba estacionado, pegado al andén, un enorme auto alemán con tres ancianos adentro. Por la ventanilla de la parte de atrás, frente a tal escándalo, se asomó una tierna ancianita. Con la voz entrecortada y tímida, repetía que el auto se había descompuesto. El conductor del taxi se abrió paso, como pudo, hacia la izquierda y adelantó al auto alemán, mientras continuaba pitando, gruñendo y renegando. Yo consentía con mi cabeza a todo lo que él afirmaba, pensando más que todo en el gran hoyo de mi pantalón y cómo haría para bajarme.


Dimos la vuelta en la Ochenta y Dos para coger la Carrera Once. Más adelante, en la Setenta y Nueve, había un taxi estacionado con la puerta del conductor abierta, junto al andén izquierdo, detrás de una moto. Sobre el andén se encontraban discutiendo el conductor del taxi y el de la moto, protegido detrás del casco. Sentí como el auto frenó intempestivamente. Pude ver al grandote conductor bajarse del carro sin siquiera contar con mi opinión sobre lo que se prestaba a hacer. Dejó el motor encendido, maldijo, renegó cien veces y efectivamente, ese ímpetu de indignación excacerbada lo hacía ver más enorme. El gigante avanzó como un oso directamente hacia donde se encontraban los dos hombres, mientras de manera amenazante y violenta preguntaba qué había sucedido. No hubo respuesta. La gente alrededor se asustó. Alguien avisó que el motociclista había dicho que tenía un arma. El gran oso se enfureció aún más. Gritó un poco, agarró de la chaqueta al hombre de la moto; le dio dos vueltas, lo requisó a empujones de pies a cabeza y maldijo otras cien veces porque no le encontró ningún arma. Yo pude respirar otra vez. El hombre del casco, en un principio envalentonado, parecía ahora un enorme muñeco de trapo. No supe qué hacer. Me quedé simplemente observando, impávido. La gente en los otros carros pasaba gritando de todo, acerca de la no violencia, la cultura ciudadana y esas cosas. Me miraban como si yo hubiera tenido algo que ver. Pensé en bajarme, en correr, en decirle gracias y acercarme a pagarle lo correspondiente a una carrera mínima por dos cuadras. Pensé que en la mitad de todo el ajetreo lo mejor era salir de ahí para preocuparme tranquilamente por mi pantalón. Me urgía pensar en cómo camuflarme hasta llegar a mi casa. De repente, un humo blanco comenzó a salir del motor de mi taxi. Se había recalentado. El vapor cubría ya todo el frente. Sonreí un poco. Me asomé por la ventana y le grité a mi conductor, con algo de curiosidad: ¨¡Mano, se le está quemando el carro!¨ El hombre se olvidó inmediatamente de la requisa y la amenaza; vio la enorme nube blanca de vapor saliendo del frente de su auto, empujó violentamente al hombre de la moto hacia atrás y corrió de vuelta al carro. Abrió un poco la tapa del motor. La gente se calmó un poco.


El conductor se sentó en su silla y arrancó con la aclaración no muy satisfactoria que el vapor se debía a que no estábamos en movimiento. Continuó avanzando por la carrera Once. Vi al de la moto correr hasta su vehículo que muy rápido se propuso arrancar y escapar lejos de mi amable conductor. Le dije que parara para que yo pudiera bajarme, que debería llevar su auto al taller, porque podía tener un hoyo en el radiador y se podía quedar varado en cualquier parte y en cualquier momento. El hombre me contestó que no había ningún problema, que siguiéramos, él y su pequeño y vaporoso taxi me llevarían hasta dónde habíamos pactado en un principio. No quise discutir. Preferí aceptar la oferta y mantener mi palabra. Me quedé sentado y comencé a hablarle de mecánica. Realmente no sé mucho acerca de autos, pero pude darle bastantes consejos para que no se fuera a quedar varado por ahí. Es probable que mis conocimientos sobre mecánica no gurdaran la experticia que se supone debe tener alguien que se dedique al oficio de este enorme conductor, pero tuve un carro que se recalentaba y pensé que dicha experiencia podría serle útil. Me bajé a dos cuadras del edificio, por fin en mi hogar ubicado en la calle El Oasis. ¡Al fin, el recorrido había terminado! La espera, la incertidumbre, el miedo… Apenas pagué y estiré la pierna para salir del carro, sentí otra vez el ruido seco de la ropa que se rasga. Esperé a que el semáforo cambiara y crucé la calle; descendí caminando por el andén hasta la puerta de mi edificio, con todo el muslo izquierdo descubierto. Ya no hice el más mínimo esfuerzo por taparme, frente a la mirada curiosa e inquisidora de toda la gente observándome, avancé paso a paso hasta mi puerta, cubierto por la dignidad expresada en la suerte de seguir vivo, con las bolsas de comida rápida en las manos y la mitad de la parte inferior de mi cuerpo, completamente expuesta. FIN

Papá de Miguel, artista visual, creador digital, emprendedor, guitarrista. Fundador y CEO de Aural Networks, Su genialidad lo ha llevado por distintos ámbitos en varias industrias donde ha liderado exitosos equipos de trabajo. Síguelo en instagram como @Pholonio

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