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Estuve pensando en este momento desde abril del año pasado. Cambié las palabras unas cuarenta veces sobre el discurso de cinco minutos que tiene establecido el protocolo. Pensé en decirlas con los ojos cerrados, de memoria, con los ojos abiertos, mirando hacia arriba, hacia abajo. Vencido nunca, fue lo que me prometí. La dignidad será lo único que no me arrebaten.


Para que este momento fuera posible estuve protegido por el Estado en todos los ámbitos. Conocí la bondad, la empatía en mis cuidadores, desde los médicos, el equipo de psicólogos, las tres fisioterapeutas y un pastor con quien comprendí lo que los cristianos entienden por el temor a Dios. Yo no le temo, ni soy cristiano, pero puedo ponerme del lado del pastor que también me ayudó para interceder sobre la calidad de los alimentos que comencé a recibir cuando enfermé del colon.


Aquella noche fui yo el que la llevó al hospital, fui yo quien la encontró, pero ninguna defensa pudo demostrar que otro fuera el culpable sobre su asesinato. La justicia es algo que dejé de esperar cuando recibí mi condena, el día más triste de toda esta aventura. Me negué a contratar un abogado y el que llevó el caso tuvo siempre de parte mí la única versión sobre los hechos. No negocié nada, sostuve mi versión, la única, siempre. Y aunque se trata de la justicia sobre una víctima, acá realmente ha habido dos víctimas: Marcela Lannel y yo. Ella no puede volver para contar lo que sucedió. No hay ningún registro fílmico, ningún rastro de adn, ninguna pista que lleve al asesino real.


El confinamiento al que he sido sometido me ha hecho extrañar la libertad y más que la realidad sobre la posibilidad de moverme, extraño la noche. Hace 8 años no veo las estrellas. La luna es una nostalgia.


Las únicas palabras que me escucharon todos los presentes son: “gracias, no fui yo”.


Hace un minuto y veinte segundos inyectaron un químico en mis venas que suspenderá mi corazón y me ahogará luego de un aparente sueño que no ha llegado como dijeron. Dicen que no voy a sentir nada extraño. Es hora de irme, donde quiera que sea la siguiente estación será mejor que esta. No parece, pero vuelvo a la libert… FIN




Autor: Felipe Jiménez @Felipepoet (1976)

Cuento corto escrito en Bogotá, Colombia el 2 de marzo de 2019.

© Todos los derechos reservados.


Justo después de haber graduado de manera casi perfecta la temperatura del agua que pronto saldría disparada por el grifo, Ernesto pone a llenar la bañera con el líquido, tan tibio como el amniótico. Ha llegado la noche antes de Navidad y él lo piensa una vez.


Ernesto se viste para la ocasión, camisa de lino blanca perfectamente almidonada y pantalones blancos de algodón, justo a la altura del tobillo. En su muñeca izquierda, envuelto como una serpiente, va su reloj de plata que marca las once y seis. Esta noche, Ernesto anda descalzo por el departamento. Va libre, ya quiere ser parte del aire. En cada paso quiere sentir ese instante preciso en el que sus delicadas y suaves plantas hacen polo a tierra con el hipotérmico suelo de concreto.


Frente al espejo ovalado veneciano, Ernesto se observa y se afeita de manera clásica, con navaja, brocha de pelo de tejón y espuma. Se toma su tiempo. Piensa en la repulsión que le causa imaginar cómo se dilatan los poros de su rostro al entrar en contacto con el calor húmedo de la toalla. Quizás sufre de tripofobia. Entonces, prefiere relamerse al escuchar el sonido cremoso de la espuma ‘a punto de nieve’, que decide esparcir suavemente por los ángulos de su barbilla.


El reloj de plata marca las once y diez y ocho. Ernesto pasea el filo de la navaja por los pliegues que enmarcan su yugular, ese cable que ata su vida al planeta. Ernesto se dirige a la cocina, alista un tazón de fresas grandes y jugosas y lo pone justo al lado de la tina. Calcula que cuando ingrese a la bañera y deje caer su cuerpo, podrá descolgar su mano y rozar con las puntas de sus dedos la piel chinita de cada uno de esos corazoncitos frutales. Quizás los estrangule uno a uno, con toda la fuerza del dolor, hasta que salga un delicado hilo de jugo rojo rubí brillante, que correrá por entre sus dedos, como los afluentes de un río, y terminará por fusionarse con el Mar Rojo sobre el porcelanato blanco y negro.


Ahora, Ernesto se dirige a la sala. Cae en cuenta que 10.000 discos se quedarán en el placard, esperando a que los escuche una vez más. Pero hay prisa y el reloj de plata ahora marca las once y treinta y seis. Es hora de marcharse, pero él lo piensa por segunda vez.

La foto de su estrella favorita, esa que tanto deseó en su soledad, el amor más grande que conoció, observa a Ernesto desde lo alto del mueble, enmarcada en un portarretratos de plata. Y es que él no puede quitarle los ojos de encima, hoy cumplirá su promesa. Juntos, viajarán a la vía Láctea, haciendo escala en un anillo de Júpiter o en una luna de Saturno. Al final del camino, se sentarán en el borde de un agujero negro y se servirán un mate, mientras reconocen sus corazones y se actualizan después de tantos años perdidos. Son las once y cuarenta y seis.


Entre el anhelo, la melancolía y la realidad, Ernesto se entretiene viendo la luz que su reloj de plata refleja en la punta de la espada de samurái que cuelga en la pared. Aquella arma representa la amenaza que Ernesto heredó de sus parientes, tiene el poder y la fuerza para recortar cables elásticos compuestos por fibras y membranas.


Ernesto ¡el reloj marca las doce y seis y comienza la música de los grillos! Es hora de que te sumerjas con camisa y pantalón, y desenfundes tu arma, perdón, tu alma; ahora, déjate mecer por el líquido amniótico de tu bañera, como si fuera la panza de una madre que contiene a su bebé. Es tan solo un baño Ernesto querido, ¡libérate de una vez por todas! Ya pronto serás parte del aire, al igual que yo.

FIN

Por: Mares Beira* (1981)

Contadora de historias por naturaleza. Periodista de profesión, lleva la literatura en su ADN, a tal punto que necesita expresarse a través de la escritura para vivir. Sus relatos se caracterizan por usar recursos retóricos de una manera poética, sensible, delicada y justa. Mares tiene el don de sazonar la realidad con pizcas de magia. Por eso, cualquier parecido con la realidad que el lector encuentre en sus cuentos, no es pura coincidencia. Actualmente vive en la Ciudad de México.


"Parte del aire" es el primer relato de esta autora en nuestro sitio web, publicado inicialmente el 9 de agosto en formato tipo ebook. Se destaca por un manejo poético del tiempo, donde cada una de sus figuras retóricas componen bellamente el ámbito de lo narrado. Mares Beira logra crear un vértigo seductor que atrapa, hasta el final, de manera sorprendente. Decidimos publicarlo de nuevo en este formato para facilitar su lectura.


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