top of page
Blog: Blog2
  • Instagram
  • Facebook
  • YouTube
  • Tik Tok

Por: Alejandro Hernández Agudelo* (Medellín, 1976)

En este relato desgarrador, cuyo ritmo en tiempo presente es acompañado por la temperatura de lo narrado, el lector transita por una penumbra sin saber que al final se llevará una sorpresa.


Un invierno más crudo de lo normal se presentaba en ese momento. La mano del hombre había tenido mucho que ver. La tierra fue arrasada sin piedad.

El paraje alrededor era desolador: los árboles sin follaje que cubriera sus desnudas ramas, el agua congelada en pozos, ríos y lagos. Los cuerpos inertes de humanos y animales a merced de los carroñeros y con ellos, la soledad. Sí, la soledad era un habitante más, un habitante fantasmal.


Hay una cabeza con cabello negro, ojos cafés hundidos en el abismo de la desesperanza, nariz aguileña, labios finamente delgados, dedos huesudos y un lunar encima del lado izquierdo del labio superior en forma de diamante. La cabeza se asoma detrás de la cortina y sólo ve nieve en un paraje desolador de árboles chamuscados, vegetación yerma y pequeñas fumatas de aquellas aves de acero que escupen destrucción.


El pequeño sabe que será una noche larga con el frío colándose por las rendijas de madera en la cabaña. Las mantas tendrán que hacer todo el trabajo. Los huesos le duelen, no puede explicar por qué. No es el frío el que causa el dolor, es algo más profundo: son los irritantes punzones. No hay leña para encender el fogón. Un mendrugo duro, mohoso y viejo que ha hecho rendir, será su alimento hasta mañana, si la mañana llega para él...


Se escucha el viento silbar y golpear a los árboles en una noche oscura, sin luna. Desde el bosque, unos ojos observan hacia la cabaña...


En otro lugar, un niño con cabello negro, ojos cafés hundidos en el abismo de la desesperanza, nariz aguileña, labios finamente delgados, dedos huesudos y un lunar encima del lado izquierdo del labio superior en forma de diamante es sumergido en una tina llena de un hielo que no quiere derretirse. El Ángel de la Muerte le perfora los brazos con punzones y luego quema su piel. Es paciente, sabe que sólo es cuestión de tiempo antes de que el gemelo, desesperado por el dolor, salga de su escondite y sea traído de nuevo a su hogar: Auschwitz. FIN

Bio: Alejandro es un paisa originario de Medellín que disfruta tomar "café americano", lee a Lovecraft y escucha rock. Negociador internacional y especialista en formulación de proyectos que en sus ratos libres se dedica a escribir con especial énfasis en temáticas de terror y suspenso.



Sigue a Alejandro en su instagram como @AlejandroHernandezAgudelo

Escucha a Alejandro en esta entrevista sobre otro de sus relatos en el libro de varios autores titulado "Crónicas de una Noche Oscura".

Imagen: Spencer Selover

Por: Álvaro García Trujillo* (Copenhague, 1960)

En este relato, el personaje hace una reflexión sobre la salud mental a través de un hábil sarcasmo sobre la realidad socio-política, sin tomar partido, ni ofrecer alguna solución ideológica. Los domingos tienen esa facultad: nos permiten crear a partir del tedio.

…debo hacer algo. La terapia no sirve, a pesar de estos casi veinte años desangrándome el bolsillo. No sé si es cosa de la terapia u otro truco de mercadeo, como cuando te venden algo que apenas sirve y luego, sólo gastando un jurgo en accesorios tienes por otro ratico lo que buscabas. Al final, y siempre tarde, descubres que la licuadora original ya no existe, que compraste como diez ejemplares a punta de reponer repuestos y que mejor habría sido botarla y comprar otra vieja un domingo de Mercado de las Pulgas, si logras salir un domingo.


¿De qué hablaba? Ah, siquiatras. No sé si es cosa de ellos, decía, si serán ineptos totales, como esos políticos elegidos con la ilusión de que acabarán con los problemas ya congénitos e históricos de nuestros países, y que se van del poder sin pedir perdón, con pensiones y medallas y dejando todo igual, si no peor. Tal vez vote otra vez, si aparece algo que valga la pena para salir un domingo a esa jartera. Porque toca votar en domingo. Miserables.


Perdón. Vuelvo a divagar. Decía que no sé si son los siquiatras o si soy incurable, porque veinte años tratando una misma cosa es ridículo. Ni el cáncer dura tanto para definirse. Puede durar toda una vida ahí, calladito, pero apenas le meten mano, mata más rápido que eso. Y sale carísimo. Más con ese sistema de salud que no cubre ni una cortada de papel. Toca pagar que el bono por moderación, —le digo yo—, que las vainas que no cubre el POS, y esa sangría mensual que duele tanto pagar cuando uno está sano. Por eso no he parado la terapia. Tengo que vengarme del sistema. Claro, el que pierde es el siquiatra. ¡Con la miseria que le pagan! Tengo un amigo siquiatra independiente y cobra como diez veces más por cita que el pobre de la EPS. Pero ese no era el tema, qué vergüenza.


No entiendo cómo llevo veinte años en terapia para curarme la depre del domingo, que no me abandona desde el Colegio… Esto es más sobado que un lunes. FIN


*Bio: Al mismo tiempo con los Beatles, de puro accidente Álvaro García nació en Copenhague, Dinamarca en 1960. Vive desde 2001 en Sesquilé, Cundinamarca. Papá de dos tipazos. Actor por instinto por 45 años, T.P.M. (1976-2012). Maestro en Arte Dramático de la UdeA (2019). Los personajes que ha interpretado en la tv hacen parte de la memoria audiovisual de Colombia. Escritor por reflejo desde hace 55 años con "dos libritos y otras tonterías”. Es percusionista/baterista empírico, por terapia, desde hace 53 años y lo acampañan 4 perros.


Sigue a Álvaro en instagram como @Alvaro_García_T y en twitter: @AlvaroGarciaTr

Imagen: Bob Price

Por: Mena Navarro (Bogotá, 1979)

Mariana Josefa de Jesús, como los condenados, se había resignado a su suerte, su nacimiento en 1734, puso en riesgo la vida de su madre y para agradecerle su salvación, fue “consagrada” a Santa Clara y su orden de clausura. Eso, sumado a su rebeldía, que, para la época, era escandalosa, la hacían una persona muy particular. A sus 16 años había desaparecido de su casa tantas veces, que don Álvaro de la Milla y su esposa, doña Clara de Jesús, parientes del Marqués de Saltillo, aceleraron la decisión de entregar a Mariana como esposa de Cristo.


Mariana, creció con los mimos de la nana Manolita, una cariñosa mujer que vivía en la casa de los señores junto con su nieto, Domingo, huérfano desde los 5 años. El juguetón Domingo, 4 años mayor que Mariana, aficionado a los toros, con sueños de torero , compañero de juegos de los hijos de don Álvaro, cómplice de Mariana, y, aunque muchos chismosos, dijeron que su amante, no lo fue.


Domingo y Mariana Josefa compartían un amor y una pasión, pero no era mutua ni carnal. La joven, rebelde y apasionada, desde niña había entendido que su único esposo, por decisión de sus padres, sería Cristo y que para Él quería guardarse, pese a no estar plenamente convencida, aunque sentía que ese era su deber. Dicho compromiso no le impedía soñar. Domingo se colaba en la plaza mayor para ver a las figuras de la época y con 14 años de edad, le contaba a Mariana, de 10, lo que veía en eso que para él más que un espectáculo, era como una especie de ritual. Mariana, a su vez, soñaba, en medio de su silencio y resignación, con ser torera. Un año después, disfrazada con la ropa de Domingo, se escapó por primera vez de su casa, ayudada de su cómplice. Domingo la llevó a la plaza mayor para ver su primera corrida. Gracias a las excusas que inventó la nana Manolita, nadie la descubrió, pero Domingo no contó con la misma suerte porque recibió una reprimenda de esas que nadie olvida ni con el paso de los años. No obstante, ni esto, ni, años después, ver que su ausencia fue de descubierta el alguna ocasión por doña Clara y haber recibido una paliza, la detuvo. Quería pararse frente a un toro y ni su fragilidad femenina, ni las amenazas de sus padres la iban a detener. Era, si es lícito llamarlo así, la última voluntad de una condenada. Durante 5 años, logró burlar las ordenes de sus padres, vestida de niño, acompañada de Domingo, 5 años, había logrado colarse en la plaza mayor, sin ser descubierta, 5 años había logrado entrar a hurtadillas, a fincas ganaderas cercanas, con Domingo y otros maletillas, niños llenos de sueños, para intentar darle pases a alguna vaquilla. Ningún “chaval” midió el peligro de esa aventura, soñaban con ser como los Costillares o como Lorencillo. Mariana Josefa, sin duda, tenía talento, pero cuando algún cazador de figuras la descubría, ella desaparecía, para que nadie desvelara su secreto. El último año, antes del día en que Mariana entró definitivamente al convento, Domingo fue apadrinado por don Joaquín Romero, ganadero influyente, que le había dado la oportunidad de torear en algunos pueblos y ciudades de la España de la época. Un mes atrás, estando en la plaza mayor de la ciudad, la obstinada Mariana pasó todos los límites para ir a verlo, lo que desató la ira de su padre, que habló con la madre Bernarda de la Santa Faz para que recibiera en su claustro a su hija rebelde.


-Sólo una cosa pido, padre, antes de eso quisiera hacer lo que, según supe en la plaza, hizo una dama en Sevilla: quiero despedirme de la vida cotidiana toreando un becerro.


-Mariana Josefa de Jesús, estás loca, no lo permitiré.


-Padre, después de esto, seré la más fiel servidora de nuestro padre Jesús.


Con mil peros y gobernado por la incertidumbre, Mariana logro convencer a don Álvaro para hablar con don Joaquín, el padrino de Domingo, descubriéndose, el secreto del niño misterioso con aires de torero, don Joaquín, que conocía el talento de Mariana, tranquilizó a don Alvaro, y lo convenció para despedirla toreando un becerro, el padre cedió. Prepararon una gran fiesta para Mariana y por supuesto, un becerro, muy pequeño, pero ella no quería eso, y junto con Domingo, planearon cambiar el ejemplar por un toro cuatreño, de esos que solo las figuras se atreven a torear, por su peso y tamaño. Mariana tomó dinero de don Álvaro, para comprar a los mayorales, que cuidaban con mimo el ganado, cuyo convencimiento fue logrado a base de mentiras. Todo quedó listo para el gran día, Mariana se iría al convento como torera, o como extorera para ser más precisos.

Finalizaba el verano de 1750, la Gran Hacienda de don Joaquín Romero se alistaba para despedir de la vida seglar a Mariana: había comida, todo tipo de bebidas, familia, decoración especial y muchos amigos. Ella, como los condenados, cumpliría su último deseo antes de semejante cambio de vida. Como solía hacerlo, se escapó con Domingo, para inspeccionar que su plan marchara conforme a lo pensado, las malas lenguas habrían podido decir que se habían escondido para consumar su amor, pero el único amor que unió a esta pareja fue el del toro.


Se alistó el ruedo y Mariana salió sin miedo, muchos de los jóvenes, lograron ver por fin, la belleza de aquella futura monja, pero ella no estaba destinada para el mundo, ni para la vida en el convento. Se abrió la puerta de los sustos y al ver el tamaño del toro, doña Clara sufrió un desmayo, don Joaquín intentó parar la faena, pero nada detuvo al destino, Mariana toreó como cualquier hombre y llegado el momento entró a matar. Enajenada, lo único que sintió en ese instante fue un calor en el vientre. Domingo saltó al ruedo, el toro cayó, pero Mariana yacía en el suelo del ruedo y sus ropas, manchadas de sangre, convalidaban el inesperado desenlace de los más íntimos deseos de Mariana: una gran sonrisa en el rostro acompañó a esas últimas palabras que el mundo pudo escuchar de ella:


–Lo logré, Domingo, lo logré, ahora te toca a ti- Y la vida se le fue entre la sangre que perdía. Esa misma tarde. Ante la sorpresa de todos, murieron toro y torera.


De esta historia nadie habla, ni Cossio en su enciclopedia. Ni Muriel Feiner en sus libros sobre mujeres toreras, escribieron sobre ella. Nadie supo de Mariana Josefa de Jesús de la Milla, ni los de la Milla, pues prefirieron olvidar aquel día. Nadie la recordó en el ruedo, solamente Domingo, que, hasta el último día de su vida, llevó colgada una cinta negra en su camisa como recuerdo eterno de su amiga.

Bio: Administradora, aunque no le gustan las matemáticas, trabaja entre números y tablas de excel. Taurina desde 2013, dibuja para desconectarse. Se caracteriza por un humor mordaz y contestatario capaz de irritar a un contradictor si ante ella acude con cualquier argumento sin criterio ni respeto. Su relato "El último deseo" reflexiona sobre las vocaciones y el ímpetu vital que las mueve.

Conoce sus arte en Dibujar para exprersar y sanar






Recibe novedades y ofertas del Relato del Domingo

¡Gracias por tu mensaje! Ve a tu correo y confirma tu suscripción 

©2024 por El Relato del Domingo

bottom of page