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La promesa que firmaron Carmen y Mauro acompaña la puerta de madera abierta para que entre el viento y refresque el patio interior largo que da a la cocina. Se trata de una piedra tallada con esfuerzo en forma de corazón. Un corazón no romántico sino la representación en tres dimensiones del órgano vital, con sus ventrículas, válvulas y aurículas.


-Por cada senderito de estos- le dijo ella, -vamos a caminar juntos.


-Esa será nuestra vida- selló él, antes del beso.


Mauro se baja del bus, agarra el bastón con la otra mano y mira la hora. Tiene tiempo para saludar a doña Clara, enredarle el periódico con una promesa y tomarse el tinto de greca de los martes, antes de caminar hasta el banco.


Clara prefiere no preguntarle por Carmen, hacerlo sería atajarlo y no es capaz de permitirse ese egoísmo.


En su carpeta lleva la prueba de supervivencia, un par de fórmulas para los medicamentos y una carta de amor que escribió veinte años antes, a puño y letra, cuando decidió salir a buscar por primera vez a Carmen.


Todos los días cruza por el mismo parque donde se conocieron, revive los diálogos y trata de olvidar las razones que ella impuso para justificar su partida.


-Sí don Mauro, usted ya lo leyó esta mañana, pero tranquilo que acá le tengo otro.


-A Carmen le gustaba que llenáramos juntos el crucigrama, doña Clarita, ella se las sabía casi todas


Mauro insiste en reprochar que es injusto que se roben la sección de clasificados. Tiene la ingenua ilusión de leer en ellos su nombre con una pista para llegar a ella. En la peluquería no le cobran los cortes de mentira que le hacen sobre el aire de su cabeza porque ya renunciaron a convencerlo, conocen su condición y prefieren seguirle la corriente.


Cuénteme Don Mauro ¿cuándo fue que usted dejó la finca y por qué fue que se vino a la ciudad?


Mauro narra los hechos con especial atención sobre algunos detalles, siempre igual, las mismas descripciones tanto de la realidad política como del entorno emocional que lo llevaron a tomar la decisión que, ya todos infieren, sucedió cuarenta años antes. En lo único que no es preciso es en la relación del paso del tiempo: enfatiza siempre acerca de que los hechos ocurrieron apenas el año anterior.

Los lunes, tiene la suerte de encontrarse casi siempre con el único viejo amigo que no se ha ido: Orlando. Ambos simulan jugar ajedrez mientras se repiten las historias que ya se conocen de memoria; esas que también simulan olvidar so pretexto de mantener un diálogo fluido que justifique sentar opinión sobre cualquier noticia de coyuntura que les ofrezca la radio. El recuento de las decisiones políticas de los expresidentes, con nombres y apellidos completos, les alegra las discusiones.


-Eso fue porque López se desentendió de lo que habían tramitado en el Congreso; a tal otro lo traicionaron las bases; la Constitución no contemplaba esa prerrogativa...


Una nostalgia contemplativa los aterriza con el presente, desde una perspectiva crítica que los jóvenes, a sus juicio, no saben apreciar.


Y sin embargo, cada vez que Mauro pausa su relato para recordarla, Orlando insiste en aterrizarlo.


-Ya olvídate de esa mujer, Mauro -le aconseja Orlando. -Sus hijos ya deben tener hijos, viejo cansón.


Mauro carga, como amuleto, una piedrita que simula aquella donde soñaron juntos al porvenir. Cuando vuelve a entrar a su casa la deposita justo al lado de la custodiada por el techo agrietado de su casa en Teusaquillo. Entre las obstinaciones de su frágil memoria de corto plazo, el amuleto nunca deja de acompañarlo, hasta esta misma mañana cuando escuchó a Carmen, o creyó escucharla, llamándolo durante una ensoñación de siesta en el parque.


-Voy a dejar de pensar en ella cuando nos volvamos a encontrar y me cuente si ha podido ser feliz, necesito ese descanso, Orla. Y necesito confirmar que me perdonó.

FIN

 

Por: Luis Felipe Jiménez (Bogotá, 1976)

©Todos los derechos reservados

Foto: Vlad Chetan

Haz click en la imagen para expandir y pasar la página. Son 6 páginas.
















Por: Alejandro Hernández Agudelo* (Medellín, 1976)

En este relato desgarrador, cuyo ritmo en tiempo presente es acompañado por la temperatura de lo narrado, el lector transita por una penumbra sin saber que al final se llevará una sorpresa.


 

Un invierno más crudo de lo normal se presentaba en ese momento. La mano del hombre había tenido mucho que ver. La tierra fue arrasada sin piedad.

El paraje alrededor era desolador: los árboles sin follaje que cubriera sus desnudas ramas, el agua congelada en pozos, ríos y lagos. Los cuerpos inertes de humanos y animales a merced de los carroñeros y con ellos, la soledad. Sí, la soledad era un habitante más, un habitante fantasmal.


Hay una cabeza con cabello negro, ojos cafés hundidos en el abismo de la desesperanza, nariz aguileña, labios finamente delgados, dedos huesudos y un lunar encima del lado izquierdo del labio superior en forma de diamante. La cabeza se asoma detrás de la cortina y sólo ve nieve en un paraje desolador de árboles chamuscados, vegetación yerma y pequeñas fumatas de aquellas aves de acero que escupen destrucción.


El pequeño sabe que será una noche larga con el frío colándose por las rendijas de madera en la cabaña. Las mantas tendrán que hacer todo el trabajo. Los huesos le duelen, no puede explicar por qué. No es el frío el que causa el dolor, es algo más profundo: son los irritantes punzones. No hay leña para encender el fogón. Un mendrugo duro, mohoso y viejo que ha hecho rendir, será su alimento hasta mañana, si la mañana llega para él...


Se escucha el viento silbar y golpear a los árboles en una noche oscura, sin luna. Desde el bosque, unos ojos observan hacia la cabaña...


En otro lugar, un niño con cabello negro, ojos cafés hundidos en el abismo de la desesperanza, nariz aguileña, labios finamente delgados, dedos huesudos y un lunar encima del lado izquierdo del labio superior en forma de diamante es sumergido en una tina llena de un hielo que no quiere derretirse. El Ángel de la Muerte le perfora los brazos con punzones y luego quema su piel. Es paciente, sabe que sólo es cuestión de tiempo antes de que el gemelo, desesperado por el dolor, salga de su escondite y sea traído de nuevo a su hogar: Auschwitz. FIN

 

Bio: Alejandro es un paisa originario de Medellín que disfruta tomar "café americano", lee a Lovecraft y escucha rock. Negociador internacional y especialista en formulación de proyectos que en sus ratos libres se dedica a escribir con especial énfasis en temáticas de terror y suspenso.



Sigue a Alejandro en su instagram como @AlejandroHernandezAgudelo

Escucha a Alejandro en esta entrevista sobre otro de sus relatos en el libro de varios autores titulado "Crónicas de una Noche Oscura".

Imagen: Spencer Selover

Por: Álvaro García Trujillo* (Copenhague, 1960)

En este relato, el personaje hace una reflexión sobre la salud mental a través de un hábil sarcasmo sobre la realidad socio-política, sin tomar partido, ni ofrecer alguna solución ideológica. Los domingos tienen esa facultad: nos permiten crear a partir del tedio.

 

…debo hacer algo. La terapia no sirve, a pesar de estos casi veinte años desangrándome el bolsillo. No sé si es cosa de la terapia u otro truco de mercadeo, como cuando te venden algo que apenas sirve y luego, sólo gastando un jurgo en accesorios tienes por otro ratico lo que buscabas. Al final, y siempre tarde, descubres que la licuadora original ya no existe, que compraste como diez ejemplares a punta de reponer repuestos y que mejor habría sido botarla y comprar otra vieja un domingo de Mercado de las Pulgas, si logras salir un domingo.


¿De qué hablaba? Ah, siquiatras. No sé si es cosa de ellos, decía, si serán ineptos totales, como esos políticos elegidos con la ilusión de que acabarán con los problemas ya congénitos e históricos de nuestros países, y que se van del poder sin pedir perdón, con pensiones y medallas y dejando todo igual, si no peor. Tal vez vote otra vez, si aparece algo que valga la pena para salir un domingo a esa jartera. Porque toca votar en domingo. Miserables.


Perdón. Vuelvo a divagar. Decía que no sé si son los siquiatras o si soy incurable, porque veinte años tratando una misma cosa es ridículo. Ni el cáncer dura tanto para definirse. Puede durar toda una vida ahí, calladito, pero apenas le meten mano, mata más rápido que eso. Y sale carísimo. Más con ese sistema de salud que no cubre ni una cortada de papel. Toca pagar que el bono por moderación, —le digo yo—, que las vainas que no cubre el POS, y esa sangría mensual que duele tanto pagar cuando uno está sano. Por eso no he parado la terapia. Tengo que vengarme del sistema. Claro, el que pierde es el siquiatra. ¡Con la miseria que le pagan! Tengo un amigo siquiatra independiente y cobra como diez veces más por cita que el pobre de la EPS. Pero ese no era el tema, qué vergüenza.


No entiendo cómo llevo veinte años en terapia para curarme la depre del domingo, que no me abandona desde el Colegio… Esto es más sobado que un lunes. FIN


 

*Bio: Al mismo tiempo con los Beatles, de puro accidente Álvaro García nació en Copenhague, Dinamarca en 1960. Vive desde 2001 en Sesquilé, Cundinamarca. Papá de dos tipazos. Actor por instinto por 45 años, T.P.M. (1976-2012). Maestro en Arte Dramático de la UdeA (2019). Los personajes que ha interpretado en la tv hacen parte de la memoria audiovisual de Colombia. Escritor por reflejo desde hace 55 años con "dos libritos y otras tonterías”. Es percusionista/baterista empírico, por terapia, desde hace 53 años y lo acampañan 4 perros.


Sigue a Álvaro en instagram como @Alvaro_García_T y en twitter: @AlvaroGarciaTr

Imagen: Bob Price

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