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Por: Luis Felipe Jiménez J.

Biorelato

 

Una llamada que llevaba la urgencia de contactar a uno de los hermanos Schmid, me trajo la voz de Max con su acento inconfundiblemente bogotano. Recordaba esa voz pronunciando frases en alemán que unas veces entendía y otras no. Max fue mi profesor de una asignatura para la que nunca demostré destreza: trabajo manual. De él sabía que era medio hermano de un compañero llamado Balz, con quien aprendí a jugar fútbol. Balz no sólo era mejor jugador que yo, sino que, como Max, había heredado los genes artísticos de su padre, el arquitecto suizo Víctor Schmid. Balz me colaboró para completar los trabajos manuales que mi destreza era incapaz de cumplir a tiempo ante el evaluador, nuestro profe Max que, como he dicho, además era su hermano, aunque ese vínculo nunca le dio a mi amigo Balz alguna ventaja porque entre otras cosas, nunca la necesitó. Así que de alguna forma, mis trabajos eran una co-creación del hermano del profesor. No había riesgo de perder o repetir esa asignatura porque además se computaba con la de música, en cuyos ámbitos me sentía mucho más seguro y mi ser fluía con mayor tranquilidad. Desde cuarto de primaria comencé a explorar la percusión, primero con las marimbas y luego más disciplinadamente con la batería. Así mismo con algunos tambores típicos del caribe colombiano.



Durante uno de los cortos descansos o recreos entre clases, me acerqué a Max para preguntarle alguna cosa sobre su enigmático taller, donde además, comencé a elaborar con mi amigo Álvaro las baquetas con las que golpeábamos el aire, los cojines y posteriormente la batería. El colegio invirtió en una batería acústica decente y de combate al mismo tiempo, para completar la orquesta que haría presentaciones en eventos especiales. Hice parte de un selecto grupo de aspirantes a baterista que rigurosamente asistió todos los sábados a unas clases extracurriculares para que comenzáramos nuestro camino al estrellato musical escolar. Cuando abordé a Max, la sorpresa fue que no era él quien respondió con franqueza mi inquietud. “Max no, soy Urs”. Al comienzo no entendí en qué momento Max se había cambiado de nombre o, si en medio de mi despiste, siempre había ignorado que mi profesor tenía un nombre compuesto y, al parecer, prefería que lo llamaran con el segundo: Urs. Estaba equivocado y con quien hablaba era, en efecto, Urs, el hermano gemelo de Max. Dicho evento me aterrizó sobre la presencia de dos profesores idénticos, así que en adelante jugué a adivinar cuando vía a uno o a otro, en algún pasillo o en el salón de profesores. Buscaba adivinar a partir de su comportamiento, de su forma de vestir, de su locomoción, de sus gestos si este era o no, el que me dictaba clases a mí. En efecto, Urs no era profesor titular en primaria, pero por ser hijo de Víctor Schmid, el arquitecto mencionado anteriormente, cuyo honor reconoce la historia de la arquitectura en Colombia, el gemelo de Max tenía entrada libre a las instalaciones y eventualmente, hacía reemplazos de profesores ausentes.

Max y Urs Schmid

Urs era profesor del colegio alemán, ubicado bastante lejos del nuestro. A mi juicio y desde mi precaria perspectiva, un gemelo era más dulce, más amigable que el otro. Tal vez porque el vínculo con cada uno obedecía a distintas características de la autoridad entre profesor y estudiante. El tiempo se encargó de aclararme que dicha apreciación no sólo era injusta, sino que desconocía por completo el caracter amigable, generoso y bondadoso de ambos. Intuyo que no todos los estudiantes compartan mi impresión sobre los gemelos o sobre alguno de ellos, porque cada uno de los niños, niñas y jóvenes que interactuaron con ellos lo hacían desde sus propios mundos y desafíos tanto emocionaloes como intelectuales.


La llamada, entonces, me conectó al otro lado del teléfono, con ese Max que recordaba de la infancia y con quien no había hablado hace más de 20 años, pero su voz era exactamente la misma.


"Querido Max, te contacto porque estoy escribiendo un libro y tanto tú como tu hermano tienen información muy valiosa para contribuir con la investigación…"


Nos reunimos varias veces. Largas conversaciones me llenaron de datos para construir la historia. En una de esas reuniones se unió el documentalista Gerrit Stollbrock que realizaba un corto documental sobre la historia del Colegio Suizo de Bogotá. Cuando las cámaras estaban grabando, surgieron un par de preguntas sobre su condición de gemelos.




“¿A ustedes les ha pasado que cuando se enferma uno, el otro siente algún tipo de dolencia?"


"¿Es cierto, como cuentan en algunas películas, que entre gemelos suceden extraños eventos de simultaneidad?"


En ese preciso instante, como si Dios nos escuchara, una epifanía puso frente a nostros la respuesta inequívoca que confirmaba nuestras sospechas. A los dos gemelos Schmid les sonó simultáneamente el celular. A cada uno lo llamó una persona distinta, justo en el mismo momento y ante la genuina inquietud de los presentes. Todos reímos sobre el suceso y el evento quedó registrado tanto en el video, como en la grabación de audio con la que documentamos la entrevista.


Los gemelos Urs y Max Schmid escribieron este bonito relato que nos ofrecen como anexo al video de la historia que narran a través de un cariño enternecedor.


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