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“El principio de la sabiduría es saber ignorar”

Miguel de Unamuno


Fue mi primer paciente del curso de especialización, le correspondía la cama número 1. Se llamaba Jesús, no recuerdo su apellido, todos le decían Chucho. Yo sería su médica, lo que significaba que durante su estancia lo revisaría diariamente, estaría pendiente de los cambios que presentara, le pediría los estudios pertinentes, lo formularía. En la Revista Semanal del Servicio de Rehabilitación, a la cual asistían los docentes, el personal en entrenamiento y terapeutas, relataría su evolución y luego discutiríamos las conductas médicas a seguir.

Sobre su cama, cubierta con una colcha blanca, se dejaba ver una pequeña maleta y una bolsa que parecía contener comida. Él estaba sentado, limpio, con su tez morena, su húmedo cabello rizado, largo hasta los hombros, peinado por la mitad. Una toalla le rodeaba el cuello para no humedecer la camisa. Esperaba que le asignaran el médico que lo tendría a cargo.

El profesor me lo presentó y me contó que desde hacía cuatro años estaba parapléjico y se encontraba hospitalizado para recibir tratamiento de cirugía plástica por una úlcera isquiática, la cual se había formado por permanecer mucho tiempo en la silla de ruedas. Además precisaba recibir las instrucciones adecuadas para evitar que su piel se volviera a lesionar.


La mirada de Chucho era recelosa y expectante, pero no manifestaba ningún rechazo. Después del saludo le dije que volvería más tarde. Seguidamente nos distribuyeron al resto de los pacientes.

Al terminar la mañana regresé, pero amablemente me pidió que, por favor, volviera en la tarde porque necesitaba hacer una siesta, pues su vecino de cama se quejaba mucho en la noche y no lo dejaba dormir.


A las 3 pm, puntual, estaba esperándome en aquella irrenunciable silla de ruedas. Mi responsabilidad era diligenciar una larga Historia Clínica con toda la información personal y de salud del paciente. Resultaba difícil adivinar su edad.




Tenía 30 años. Me informó que había recibido un tiro durante un atraco a nivel de la décima vertebra torácica. En ese momento supo que no volvería a caminar. Vivía con su madre, la única persona que lo visitaba. No tenía pareja, ni hijos y aunque trabajaba, no me contó específicamente a qué se dedicaba.


Lo examiné detenidamente y en varias oportunidades me recordó algunos aspectos que debía escribir. Durante estos cuatro años había conocido varios médicos principiantes y se enorgullecía de poder ayudarlos. No era yo pues, la primera profesional a la que él generosamente le compartía su tremenda historia clínica.

Después de varios días me confió que él era atracador, así fue cómo recibió el disparo.


Era su oficio desde la adolescencia y decía con cierto orgullo que ahora era un experto en atracar en la silla de ruedas. El escogía su “cliente”, le pedía ayuda para que le empujara la silla de ruedas, lo llevaba a un lugar solitario donde aparecía su compinche y allí, como si de la silla se desprendiera una estoica frialdad, robaban al incauto. Así transcurrió su vida los últimos años.


Un par de meses después, cuando ya había sido operado y tenía curadas las escaras de su piel, llegué temprano para examinarlo, pero se encontraba en la ducha. Decidí quedarme junto a su cama mientras revisaba unos exámenes de laboratorio. Debajo de la almohada sobresalía un objeto brillante que no hacía parte de la dotación regular sanitara; era una puñaleta que había fabricado con una cuchara.


En pocos días saldría del hospital y estaba preparando su instrumento de trabajo. Llamé al jefe de enfermería quien decididamente tomó la improvisada arma y la guardó.


Supe después que mi colaborador tenía una colección de objetos que le decomisaba a los pacientes. Al hospital no sólo llegaban personas de escasos recursos, sino muchos de los delincuentes heridos de esa Bogotá también herida por sus dinámias sociales.

Llegó el día de la despedida. Chucho se puso la ropa limpia y planchada que le había llevado su madre, quien llegaría para llevarlo de nuevo a su casa. Hablamos unos minutos, le deseé lo mejor para su vida, me dio la mano y me dijo:

- “Doctora, muchas gracias, no me olvide que yo no la olvidaré. Cuando yo me muera y esté entrando al infierno voy a decirle al “patas” que si usted llega, la trate bien, porque usted no fue mala persona conmigo. Como ve doctora, la recomendaré”.

Nunca más supe de él, no volvió a control médico, seguramente murió en su ley. FIN

 

BioRelato

Por: Ana Cristina Guzmán Villate* (1956)

La pandemia motivó a esta Médica especialista en Medicina Física y Rehabilitación de la Universidad Nacional a escribir acerca de algunos pacientes especiales e inolvidables que marcaron su vida personal y profesional. Esas historias están dirigidas inicialmente a sus tres hijos para que conozcan de primera mano las emotivas experiencias que vivió su madre durante su desempeño profesional. El Relato del Domingo tiene el privilegio exclusivo de contar con uno de esos relatos.


Imágenes: Marcos Aurelius, Pixaba, Retha Ferguson y ArtHouse Studio


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