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  • 2 jul 2023

La fría agua que rodea la Isla Rábida convoca a siete expertos en apnea, dos buzo-periodistas y un empresario que no desocupará su vaso de whisky mientras observa la actividad. Tampoco le hará falta hielo.



En el morral donde Mariana lleva el sobre que le entregó su padre, un cargador solar con media carga disponible será suficiente para llamar a Santiago. Al menos esa convicción la tiene tranquila y sabe que él no trocará abandono por distancia. Tan pronto ascienda y su cuerpo esté preparado para llamarlo, le comunicará si conquistó o no el nuevo récord personal. Ya le informaron que la internet satelital garantizará dar aviso a quienes la aman. Su pasión ha sembrado expectativas en muchos corazones.


En el Hotel Quito, una amable recepcionista registra la firma de Santiago y pregunta si optará por el servicio completo de limpieza, mientras observa que el nuevo huésped no le quita la mirada a la piscina. La suite inteligente que escogió Mariana cuenta con servicios que él mismo no piensa utilizar porque, al menos por ahora, su mente no sale del agua y de la generosa mesa redonda donde intentará darle el toque final al informe financiero que su jefa espera antes de fin de mes...



"Negra que pintas de acuarela mis pupilas uh uh ohh...

Negra que vas poniendo azules en mis días...

Negra mi vida, negra mi voz, eres la luz de mi canción

Negra que vas poniendo azules en mis días uh uh ohh

Recuerdo cuando te vi crecer, intentando aprender

entre barbies y fechas del calendario

y las brujas del armario

Papi déjame dormir, esta noche junto a ti..."

Francisco Terán


Esta historia continua con: Al fondo.


Lee acá el 1er capítulo titulado: Capitana


Por: Luis Felipe Jiménez Jiménez (1976)

Foto: Glenn Saunders



Camina por el bulevar de la Av. Naciones Unidas, desprevenida, pero no desorientada. Sabe exactamente dónde se detendrá y llamará a su padre. Intuye que él, como ha sido su costumbre, esperará la llamada de los miércoles antes de medio día. En la oficina contigua a su dormitorio, reposa incólume una foto de ella cuando obtuvo el título de bachiller que su padre, un héroe más del pasado, mira, suspira y mira de nuevo mientras escribe una carta secreta para ella. Por todo el apartamento se escucha la canción Negra mi vida de Francisco Terán.


-Santi, ya casi llego.


-Espérame ahí porque pinchó una llanta.


-¿Dónde estás? voy hasta allá...


Mariana no quiere que su novio se moleste cuando se ofrezca a colaborar para cambiar la llanta, preferiría evitar una discusión irrelevante. No obstante, se lo dice con el tacto necesario para que él no sienta que su orgullo sea lastimado.

-Estoy en la González Suárez, cerca al Hotel.


-Ay mi amor, voy para allá, estoy por el Jardín, te colaboro con el repuesto. Ya tengo lista la carpeta.


-Te espero en el Hotel, ya casi termino.


Santiago no quiere aceptar la otra propuesta de Mariana, revisa el mensaje que le reenvió a su whatsapp y repite "no" con la cabeza:


La piscina climatizada y el hidromasaje son los dos mejores argumentos de Mariana. La ansiedad, sus afanes y la puntualidad de los mensajes que llegan del banco son las principales objeciones de Santiago. Un fin de semana para él, a doce minutos de su oficina y a veinte de su apartamento, podría ayudarle a vencer la gastritis, si reconociera la intensión de su novia.


Un brinco desde el bus antes de detenerse ubica a Mariana en el andén. Sube por la avenida Colón y divisa el carro de su novio. En sus pulmones hay oxígeno suficiente para llegar en dos minutos al encuentro.


-Mi amor, ya está confirmado, tú decides. La carpeta está a tu disposición si decides trabajar, pero desconéctate, lo necesitas. Yo vuelvo dentro de 8 días.


-Te voy a extrañar Mariana del Jesús


-Yo también te voy a extrañar, nada conmigo el domingo, a las 3 haremos inmersión.


-Tu terquedad viene de tu padre, mi amor. ¿Cómo sigue?


-Él es invencible, está feliz por mi viaje. Él confía en su doctor, son buenos amigos.


-Salúdamelo, es un titán.



Marilinda, mi amor. Cuando vuelvas ya no voy a estar, Terminaré el último viaje de mi vida en un lugar del pacífico. Estás preparada, sabes lo que tienes que hacer. Me voy feliz con el abrazo que nos dimos anoche y le llevaré esta felicidad a tu mamá. El doctor Jijón me dio un mes más, si mucho dos. El plazo está por cumplirse. En el tercer cajón, cuando hayas abierto los demás, de acuerdo con las instrucciones que conoces, encontrarás una sorpresa. Cuídala, llévala contigo a donde vayas hasta que necesites deshacerte de ella. Sé que si la entregas a quién tú decidas, quedará en buenas manos.


Te amo eternamente,


Papá.



-Ahí le dejó su papito, niña Mariana, que por favor no la abra antes del huasipichay


-Gracias María, mi papá siempre con sus cosas, dame pasando ese sobre, pero no prometo dejarlo cerrado tantos días, le voy a llamar.


-Papito, dónde estás, la María me acaba de entregar el sobre. ¿Cuándo vuelves?

Te mandó saludos Santi, vine al departamento a despedirme.


El padre de Mariana no quiere mentir, prefiere decirlo de tal manera que ella lo comprenda después.


-No te afanes mi cielito lindo que ningún viaje es eterno. Es una sorpresa para tú cumpleaños, no la dañes antes. Te llamo desde allá para avisarte.


-Te amo papito lindo, va a ser mi tercer cumpleaños sin tus canciones, sin tu piano, sin la sonrisa de mamá.


-Vale la pena hija, no hay dos barcos como ese. Tu mamá ha de estar muy orgullosa de ti, como yo. Buen viaje, mi amor.


Lee acá el segundo capítulo titulado Misión

Por: Luis Felipe Jiménez Jiménez, Quito, junio 25 de 2023


© Todos los derechos reservados.


Foto: Oleksandr Pidvalnyi


  • 18 jun 2023

Un ¿por qué nos seguimos matando? podría ser la pregunta que resume la tesis central del largo argumento de Paul Auster en Un país bañado en sangre*. En El Relato del Domingo abordamos este ensayo publicado hace unos meses y compartimos contigo este primer comentario a manera de coordenada para el MAPA.


Rayar un libro es un acto, un rito que le ofrecemos a algunos libros. Eso que algunos consideran un irrespeto es, para quienes solemos hacer anotaciones en los libros, un acto de comunicación, una suerte de telepatía, tanto con las personas autoras de los textos, como con los ininteligibles lectores posteriores a nosotros.


Lo primero que subrayé en el libro de Auster fue "fotografías del silencio" en la nota preámbulo del autor, donde explica que cada una de las fotos que componen el libro es un retrato de un lugar donde aconteció una tragedia.Todos los escenarios están vacíos de seres humanos, llevan la fría marca de la ausencia. Llevan la tragedia contenida en la sociedad estadounidense con relación a la presencia de millones de armas de fuego entre sus ciudadanos.


Cuando acudí a una de las tiendas de la Librería Nacional buscando algún clásico de esos a los que el tiempo les sacude el precio incómodo de la novedad, no me imaginé que un ensayo de Paul Auster, ese extraordinario narrador de ficciones, terminaría atrapándome de nuevo como ocurrió cuando mi amigo Gerrit, me regaló “Leviatán” hace varias décadas.


Frente a esta portada, el 19 de mayo de 2023 recordé que en la más reciente Feria del Libro mi curiosidad fue más grande que mi billetera y solamente pude comprar un libro. Así que canjear un bono, celado por mi billetera desde diciembre, me permitió adquirir uno de los libros más conmovedores que he leído en toda la vida.


Auster recibe a sus lectores con una anécdota dolorosa: su abuela mató a su abuelo con un arma de fuego y este trascendental acontecimiento nos contextualiza sobre la dolorosa reflexión del autor en su ensayo de 176 conmovedoras páginas. La problemática parece sencilla de resumir: en los Estados Unidos, para una enorme cantidad de ciudadanos, es legítimo portar armas. ¡Y usarlas contra alguien!


La historia me confronta y por eso me atrapó. Soy un defensor de la paz, la real, no del marketing político. Y soy un pacifista en contra de las armas. Para mí, por ejemplo, en pleno siglo XXI es inconcebible que alguien que se alzó en armas en pro de cualquier revolución, esté habilitado éticamente para gobernar un país. Como ciudadano que vivió en Colombia las dolorosas décadas de los 80s y 90s en las que la muerte era un personaje recurrente de todas nuestras vidas, la problemática de las armas de fuego no me es ajena.


He disparado un arma de fuego, una letal, porque en mi país, en los años noventa, el servicio militar nos obligaba a los bachilleres que no evadimos esa imposición, a practicar con armas contra un blanco inmóvil. Soy afortunado porque no tuve que usar el arma contra otro ser humano. Sé que solamente sería capaz de dispararle a otra persona si mi vida está en riesgo, pero lo intuyo solamente, porque imagino que el instinto de supervivencia me haría escoger entre mi vida y la vida de quien está dispuesto a quitarme la mía; sin embargo, no sé realmente cómo actuaría en esa situación. Durante el servicio militar recibí un drástico castigo por accionar inadecuadamente el gatillo, en modo ráfaga, de un fusil G3 recientemente alineado, esto es, reparado para disparar eficazmente contra el objetivo. El teniente Díaz, a quien por alguna razón yo no le caía mal, resolvió que debía pagar la estupidez con extremo ejercicio físico. Estaba prohibido descargar el proveedor de un solo gatillazo cuando la orden previa era disparar un solo tiro y esperar la orden para el siguiente disparo. Mi condena fue darle diez vueltas -entiéndase ida y vuelta- a un árbol ubicado a 500 metros y luego hacer 100 flexiones de pecho. Cumplí la orden mientras mis compañeros reclutas continuaban mejorando su puntería y obedecían disciplinadamente las órdenes del teniente Díaz. Lo que no supo el oficial es la libertad que sentí por no tener que disparar más el fusil ese día. Poco me importó la algarabía de los proyectiles y las sonrisas de algunos compañeros para quienes la mañana de polígono era un momento sublime, casi un premio. Comprobé que disparar les producía un éxtasis extraordinario, como si en ese acto encontraran una extensión de su virilidad, como si el plomo los hiciera sentir más poderosos.


Sobre el libro de Paul Auster he reflexionado días y noches desde el 20 de mayo y me propongo escribir una reseña que reúna algunas de las anotaciones que escribí en los márgenes de sus páginas. Leer algo conmovedor resulta fascinante cuando uno puede aportarle al autor su experiencia para construirse una opinión a partir de la suya. Y claro que le tengo reparos, cuestionamientos y quisiera indagar al autor sobre algunas dudas que su bello texto me suscita. No obstante, por ahora no me referiré a las estadísticas que recoge Auster sobre las masacres en los Estados Unidos. Tampoco detallaré el brillante recorrido histórico que hace el autor para rastrear el origen de esta catástrofe. No me ocuparé acá de la audaz dicotomía que plantea sobre la regulación en torno al uso del automóvil como ejemplo de organización social a favor del cuidado de la vida en contraste con la impotencia de hacer algo similar con el uso de las armas. Por ahora y a manera de preámbulo, comparto un brevísimo relato de ficción que toma, sin su permiso, la voz de la conciencia de uno de los personajes en el centro del argumento del ensayo. En 2017, la valentía del fontanero salvó la vida de muchos seres indefensos en la masacre más grande del estado de Texas:



"Quiero contarte por qué no he abierto la puerta que suena y suena con mi nombre entre los labios de los anfitriones. Quiero contarte por qué no quiero recibir el aplauso del señor Presidente y la alabanza multitudinaria que me ha elevado a la calidad de héroe nacional. Mi valor ayudó a acabar con la vida de un hombre e impidió que muchas personas inocentes perdieran la vida, incluidos menores de edad. Ahora quizá esas personas tendrán la posibilidad de hacer de este un mundo mejor.


Quiero que sepas que no soy un héroe" Stephen Willeford, fontanero**


*Un país bañado en sangre (Bloodbath Nation)

Paul Auster y Spencer Ostrander

Seix Barral, Ed. Planeta Colombiana S.A. Bogotá, 2023

Traducción: Benito Gómez Ibáñez

**El fontanero no expresó estas palabras, este es un breve relato de ficción. Lo que sí dijo a varios medios de cominucación es que no se considera un héroe poque no nacimos para matar.


Comentario coordenada por: Luis Felipe Jiménez Jiménez, junio 2023.

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