Hacemos un salto creativo de mes y nos reuniremos con importantes aliados durante el mes de octubre.
Volvemos en noviembre con tres sorpresas...
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Desde el momento exacto en el que Juan Martín decidió desconocer la recomendación del director técnico sobre lo inoportuno que resultaría dar cualquier tipo de salto que pusiera en riesgo su cuerpo, hasta el segundo en el que el balón quedó atrapado entre sus manos, pasaron exactamente cuarenta y ocho minutos.
El director técnico insistió que, dadas las condiciones del campo y la reciente lesión de hombro del arquero, Juan Martín no debía entrar al terreno de juego. No obstante, el joven jugador decidió arriesgarse y colaborar con el sueño de todos: no perder el invicto.
El arquero suplente habría sido Navarro, que poco se destacaba en la zaga. El defensa, durante el último entrenamiento, a manera de juego, consiguió atajarle a Alex, goleador y figura del equipo, dos penales dirigidos milimétricamente a los dos ángulos opuestos del travesaño. Esta hazaña le otorgó el mérito de reemplazar a Juan Martín. Ambos hablaron previamente sobre cómo había que enfrentar la final. Juan Martín le aconsejó no descuidar el sector derecho, porque Simón, el lateral, solía no volver rápido después de cada tiro de esquina en el área rival.

El mérito de Navarro lo consagraba como el único capaz de reemplazar a Juan Martín. Sin embargo esa tarde Navarro no se presentó en la cancha. Una molestia estomacal lo aferró al inodoro toda la tarde y parte de la noche. Sin Navarro y sin que ninguno de sus compañeros asumiera la gran responsabilidad de celar el arco; Juan Martín consiguió legitimar la imprudencia y propuso desatender la orden inicial del director técnico:
-Yo juego profe, deme la oportunidad, le prometo que no salto si no es necesario, pero ninguno del equipo está más preparado que yo. Navarro ya no va a llegar, profe, confié en mí.
Ante el riesgo de una definitiva e irreversible fractura de clavícula, el director técnico aceptó la imprudencia de Juan Martín y expuso a su equipo a una medida disciplinaria. Una norma vigente del llamado fair play dictaminaba que a ninguna persona del equipo, incluidos los directores técnicos, se les permitía poner en riesgo la integridad física de los atletas. Alinear a Juan Martín o a cualquier jugador lesionado, atentaba contra esa sana prudencia de la competencia deportiva.
Tiempo después, con estas palabras, Juan Martín explicó los hechos:
-Yo no quería perder y ninguno de mis compañeros quería perder, me tocó arriesgarme por el equipo. El profe no es el responsable, lo vamos a extrañar, no debieron echarlo, pero la verdad es que no me arrepiento de haber entrado lesionado a la cancha.
El balón venía en curva, más por un asunto de la física y por el poderoso viento de esa tarde en el Valle del Cauca, que por la técnica del pateador rival. Destinado a rozar con el palo o con la esquina del vertical, habría sido, sin ninguna duda, el gol del campeonato. Lo que llaman los entendidos como un “gol de banderita” o un “gol de martillito”.
Bastaba que el balón entrara para que el equipo rival le arrebatase el título al equipo de Juan Martín. Esa tarde, en la celebración, después de bajar de los hombros de sus compañeros, el valiente Juan Martín le dijo al equipo una sola frase. Enfatizó con orgullo su posición y expresó con sabiduría el valor de su gesta:
-Equipo, yo no soy goleador, pero hice lo que pude, este es un triunfo de todos. Celebren por mí, me duele mucho, pero ganamos.
Durante el siguiente torneo, después de recuperarse de la severa lesión por caer al suelo sobre el hombro lesionado, Juan Martín probó en otra posición. El nuevo director técnico descubrió que al joven deportista también le gustaba centrar el balón para que sus compañeros hagan memorables golazos de cabeza.
Autor: Luis Felipe Jiménez. Inspirado en su valiente sobrino Juan Martín Jiménez Messa. Bogotá, todos los derechos reservados, octubre de 2026.
El Relato del Domingo comparte el homenaje que hace Álvaro Espinosa al médico que soñó con una nueva humanidad". Las bonita reflexión que estás a punto de leer es, como lo dice su autor, una búsqueda por la "Memoria con ocasión de los cincuenta años de su graduación en la Universidad Nacional de Colombia":
Mauricio Espinosa Torres fue un médico ginecoobstetra cuya existencia estuvo marcada por una extraordinaria capacidad creativa y por la búsqueda de nuevas formas de comprender el nacimiento humano.
Estudió en el Liceo Francés Louis Pasteur de Bogotá y en Saint Bonaventure Prep-School, en Wisconsin, Estados Unidos. Cursó estudios premédicos en la Universidad de los Andes y Medicina en la Universidad Nacional de Colombia, donde se graduó en 1976. Posteriormente realizó su residencia en Ginecología y Obstetricia en el Hospital Militar Central de Bogotá, entre 1976 y 1979.

Su vocación estuvo vinculada a una tradición familiar de humanismo médico. Su padre, Álvaro Espinosa y Espinosa, ginecoobstetra y profesor asociado de la Universidad Nacional, dedicó su ejercicio profesional a la atención humanizada de la mujer. Mauricio recibió esa herencia y la proyectó hacia una búsqueda propia, inspirada, entre otras referencias, en el pensamiento del obstetra francés Michel Odent.
Una convicción orientó su trabajo: para transformar la manera de vivir, era necesario reconsiderar la manera de nacer.
En junio de 1986 creó PROCREAR LTDA., «Al servicio de la vida y la Mujer», iniciativa dedicada a explorar alternativas para humanizar la atención obstétrica. Entre sus experiencias figuraron el parto en el agua y el acompañamiento de la mujer por enfermeras entrenadas, buscando integrar el conocimiento médico, el respeto por la fisiología y la dimensión afectiva del nacimiento.
La sociedad se liquidó en diciembre de 1994 por causa de iliquidez. Este desenlace empresarial forma parte de su trayectoria, pero no agota el significado de la iniciativa ni elimina las preguntas que su experiencia planteó sobre la atención de la mujer y la humanización del nacimiento.
Mauricio no concebía el nacimiento únicamente como un acontecimiento clínico. Su imaginación lo llevaba a vislumbrar una humanidad distinta, representada en su manera singular de imaginar a los niños como futuros guerreros galácticos. En esa imagen se expresaban su creatividad y su deseo de trascender las convenciones de su tiempo.
Su trayectoria estuvo acompañada también por una intensa vida interior y por las dificultades emocionales asociadas a su trastorno bipolar. Su creatividad y su sufrimiento formaron parte de una existencia compleja, cuya riqueza no puede reducirse a un diagnóstico ni a los proyectos que no consiguieron continuidad.
La familia fue un espacio de afectos, aprendizajes y diferencias. Nuestra madre, Cecilia Torres Flórez, filósofa de formación y apasionada por la música, poseía una personalidad de gran intensidad. Nuestra hermana Patricia, antropóloga, fue una presencia afectiva constante en la vida de Mauricio. Como hermano mayor, compartí con él una relación de cercanía y aprendizaje, marcada también por las tensiones propias de una convivencia humana compleja.
Recordarlo con ocasión de los cincuenta años de su graduación médica en la Universidad Nacional de Colombia, institución que conmemora sus 160 años de fundación, es reconocer que la medicina no consiste solamente en aplicar conocimientos, sino también en interrogar sus prácticas y ampliar sus horizontes humanos.
Mauricio intentó transformar la experiencia del nacimiento porque intuía que la manera de recibir la vida expresa mucho de la sociedad que somos y de aquella que podríamos llegar a construir.
No todas sus aspiraciones encontraron las condiciones para realizarse. Sin embargo, su trayectoria dejó preguntas que merecen ser examinadas y una búsqueda que merece ser recordada.
Para mí, como médico y hermano mayor, compartir la vida con Mauricio fue un aprendizaje maravilloso entre realidades, ideas y mundos imaginados. Su existencia me enseñó que la creatividad puede abrir caminos, que los ideales se enfrentan a las complejidades de la vida y que comprender a otro ser humano exige reconocer tanto su grandeza como su vulnerabilidad.
Mauricio Espinosa Torres merece ser recordado por su vocación médica, su espíritu innovador y su empeño en humanizar el nacimiento. Su legado permanece en la pregunta que dio sentido a su búsqueda: cómo hacer del comienzo de la vida una experiencia más respetuosa de la dignidad humana.
Con afecto, gratitud y memoria, su hermano mayor, Álvaro Espinosa Torres
