- Simpática Redondo

- hace 3 horas
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“… era de los que pisaban más fuerte por Villa Santa Rita…”
Jorge Luis Borges en Hombre de la Esquina Rosada
"Es sólo una canción, es solo una canción, eso es todo.
Actuarás una hor y luego te irás
Déjalo ir, déjalo ir, déjalo ir y sólo déjalo ir"
Canción Medellín, de Lucrecia Dalt
La temperatura irradia la piel de ambas manos y le confiesa a Fausta que el hombre lleva oculto toda la tarde. No hay sombra de sol en el cuerpo de este tipo. Para Fausta, él tiene unos sesenta y tres años. No hace falta el dato objetivo. Esta particular circunstancia sólo le importa a él y a la mujer con la que se casó, hace seis, sin amor, tras una fortuna que ha ido dilapidándose en excesos.
Ya está claro que quien la abordó en el parque es un asalariado, no un millonario.
Dos pantallas obedecen un comando de voz y, a través de una rendija ubicada a la izquierda del hombre, comienza a filtrarse una luz artificial que les hace creer, a ambos, la fina tersura de un día eterno. Simular al sol fue una de las promesas más elocuentes de la diseñadora industrial que confabuló con el arquitecto para conseguir el contrato de esta inimitable mansión.
El sigilo de un río prefabricado oculta las voces de ambos. Un grupo de escoltas vigila la gran puerta de cedro que cela la intimidad. Los hombres armados se dejan llevar por el agua. Cada uno piensa en un momento placentero distinto. Están ahí y no están. La furia de sus armas sigue contenida, fría e inmóvil. Es innecesaria, como todas las armas del mundo.
No hay peces, hay pequeños invertebrados en una única pecera adornada con rocas de verdad y con rocas plásticas, casi perfectas. El jefe de escoltas se cuestiona sobre la naturaleza de los pesebres y se pregunta si el agua, fluida dentro del cristal, suena o no, como suenan sus sueños. O como suena el río artificial que atraviesa el módulo, el escondite, incluso cuando nadie está.
-¿Tienes frío?
-No señor ¿comenzamos?
Una uña raspa sin ruido la tela que cubre el hombro izquierdo de Fausta. Brilla el esmalte de corta duración que la abarcó esta mañana, radiante, aunque sin esperanza. Todo está en su sitio, se cumple el protocolo. La piel de la mujer comienza a descubrirse…
El hombre desabrocha su reloj y comienza a hablar…
Tres toneladas de ego comienzan a vestirlo mientras se quita la ropa. Es cada vez más vulnerable. Y ella lo sabe.
Los doscientos ya son suyos, cumpla o no con la misión.
Del vaso se desprende esa misma gota de sudor entreambos que un extractor eléctrico se encargará de secar cuando ninguno de los dos respire más dentro del recinto.
Una pantalla anuncia:
Cincuenta y cinco por ciento de probabilidad de lluvia, veintitrés grados de temperatura, sensación térmica: veinticuatro.
El jefe de escoltas ya tiene hambre. Es obediente, calla su estómago con un chicle.
El senador Vilboletti busca la bolsita y con una pala de oro ubica al veneno. Ahora, al menos, hay menos gasolina en sus fosas que en las camionetas que lo trasladan del ejercicio público a su módulo privado de perversión.
Sobre-dosificado, vulnerable, roto...
La carga de adrenalina falsa ya no lo satisface. Ya el aplauso del público lo tiene agotado. Está muerto en vida.
Todo el resto queda a tu imaginación, apreciada persona lectora. Te espero el próximo domingo 28 de febrero con el capítulo final de esta temporada...

Autora: Simpática Redondo*
Por pedido expreso de la persona que escribió esta historia, hemos cambiado el nombre.
Si quieres conocer el primer capítulo de Escapada entra a: Llegó Fausta
Este texto fue imaginado, escrito, redactado y corregido por un ser humano y sin la asistencia de alguna inteligencia artificial. El único uso de una inteligencia artificial fue el de la elaboración de la imagen, para la cual se utilizó la AI Gemini de GL.

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