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Por: Luis Felipe Jiménez Jiménez @Felipepoet

Este cuento fue imaginado, redactado y corregido por un ser humano, sin la asistencia de alguna inteligencia artificial. La gramática del lenguaje que propone no está autorizada para entrenar ninguna inteligencia artificial, a menos que se solicite formalmente el permiso al autor. Los derechos de autor y patrimoniales pertenecen exclusivamente a Luis Felipe Jiménez Jiménez, marzo de 2026. Si desea compartir este texto, hágalo y no olvide dar el crédito.

El único uso de una inteligencia artificial corresponde al de la elaboración de la imagen para la cual hubo colaboración humano IA con herramientas como Grok, Gemini y Meta Vibes.


Tobías Alarcón, un ciudadano sin esperanza de pensión, se encuentra con un ciudadano asiático que ya no parece asiático, aunque sí, todo depende del prejuicio de quién lo mire. Ya tiene cédula de ciudadanía colombiana, como Tobías, que la ostenta desde hace casi cuatro décadas. Le fascina el ajiaco, quiere volver a su isla, pero sueña hacerlo con la mujer que lo dejó, como siempre, por una mejor opción para ella.

 

Mientras eso sucede, piensa en su más reciente juguete. Se trata de un diseño informacional, eso que algunos jóvenes de hoy en día denominan gadget. Es una mezcla de aparato con memoria e inteligencia incluida, que resuelve todo tipo de misterios y sirve a algunos humanos, con terca impertinencia y, algún fallo motriz, para desvelar misterios electorales, tendencias. Es el juguete de nuestro invitado a la gran fiesta.

 

Dentro de la máquina que diseña este hombre de 167 centímetros de estatura, hay un software especial, una inteligencia artificial capaz de predecir lo que muchas personas van a hacer. Sin embargo, esto aún no lo sospecha él mismo, el humano. Sin saberlo, el humano ha sido contratado por una gran empresa tecnológica para estudiar las costumbres de un municipio del centro del país; donde probablemente se emplearán miles de personas en el próximo ciclo económico mundial. Como su primer paga no ha llegado, él mismo no se considera trabajador de nadie. Lo sorprende la promesa de un gran inversor, uno de esos que los gurús del nuevo mundo virtual denominan founder de founders.


Este fundar, en la neo-lengua, tiene una connotación distinta a la que otrora tenía el término "emprendedor". Emprender, que era más bello, no llevaba la carga colonial de fundar, ni la de la herramienta fundir, ni la de partir de cero. Comprendía que prender una vela tampoco era descubrir al fuego. Mejor no nos fundamos, ni nos confundamos en esta controversia existencial. Volvamos a nuestros dos personajes.

 

-¿Vas a votar, Pacífico?

 

El asiático responde sí con la cabeza, como si no hiciera falta decir nada. Se inclina hacia adelante para saludarlo de nuevo y espera.

 

Alarcón le devuelve el saludo y se queda en silencio.

 

Ambos comprenden que este no es el momento para intercambiar opiniones, ni para hablar de política. Agarran su comida con las manos y sonríen. No hacen falta las palabras. Mientras cada uno mastica, una mujer los extraña, a cada uno. Dos mujeres distintas suspiran al mismo tiempo y piensan en ellos. Una se pregunta si Tobías ya almorzó y la otra responde con una venia a una cliente que terminó de pasar su tarjeta por un datáfono.

 

Los dos hombres saben que ninguno cree en la democracia, pero ambos intuyen que nada es más triste que perder la esperanza. Ambos están listos para la gran fiesta.

 

La tarde del 8 de marzo del 2026, luego de considerarlo muy bien, nuestro "japonés" decide llenar la urna con un pedacito de su esperanza: dentro de la tarjeta electoral ahoga un barco verde elaborado con la técnica del origami.

 

Basilia Rodríguez, identificada con la cédula de ciudadanía número… observa el papel y anula el voto antes que nadie se de cuenta. El tarjetón no tiene ninguna mancha, no hay tinta que permita adivinar la clara intención del elector; no hay forma de otorgarle ese derecho a otra persona, ni a un muerto, ni a un vivo, ni a nadie.


La mujer prefiere rasguñar levemente el papel y mojarlo con la punta de su dedo.

 

Una lágrima de dolor por su país pasó del ojo derecho de Basilia al dedo índice con el que se terminó de anular el voto de un desconocido asiático. Aquel desconocido que la miró rayado, aunque no.

 

En su casa, atenta al resultado parcial de las elecciones, Basilia abre el barco y encuentra un poema Haikú de Pacífico Oscilante.


Pacífico Oscilante deja un regalo a la democracia y Basilia lo recibe

Si quieres conocer ese poema, suscríbete a El Relato del Domingo. Info: Pipe@felipepoet.com


 

 
 
 

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