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Por: María José Tafur Bonnells* (Bogotá, 1976)

Soñé mi muerte.


La muerte viene pisándome los talones y el destino se ríe. Me persigue, seductora y maquillada, distrayéndome. Pero reconozco su ironía.


El tipo que durante años salía en los comerciales en los que se pretendía evitar el consumo de droga, murió de una sobredosis cuando grababa uno de ellos. Aquel que interpretó a Superman, el hombre capaz de alcanzar alturas inconmensurables, fue arrastrado al fin de sus días por una caída de un caballo ocurrida a una altura de metro y medio y hay personas con enfermedades graves mueren cruzando una calle o atorados con un spaghetti.



Sería bueno que La Parca llegara estando yo en el Cabo de la Vela. En ese hermoso desierto frente al mar, al norte del país. Allá, en la Guajira, suelo tener las ideas claras, la tranquilidad de un bebé y el corazón libre. Que bailen con borracheras de chirrinchi los contados amigos y los múltiples enemigos mientras me echan al hueco.


¡El muerto al hoyo y el vivo al baile!


Pero pedir eso es como el que pide ganarse la lotería sin comprar el billete. No volví a la Guajira, por lo tanto no existen probabilidades de que la muerte me encuentre allá.


El destino más bien apunta a que Doña Oscura, la terrible visitadora que anda acechándome desde hace años, me sorprenda con el pelo enredado, ojerosa y tratando de sacar algunas líneas coherentes entre tanta demencia.


He pensado que en el post mortem es mejor que me cremen y arrojen las cenizas al mar, pero mis amigos no pagarían un tiquete hasta la playa para echar un polvo al aire.


No conozco una idea de una vida tranquila y mi dramatismo se expande también a la imagen que tengo de mi muerte. No la concibo sin drama. Con excepción, claro está, del imaginario recurrente en el Cabo de la Vela.


Podría terminar entonces con la cabeza reventada contra la tina en una de esas inesperadas apariciones de mis miedos. En ese caso espero que quien me encuentre sepa admirar este cuerpo desnudo, con sus curvas, exponiendo la belleza de los treinta años. Sería un gran espectáculo pues además a este cuerpo lo rodearían mis ideas, flotando en un charco de sangre que espero sea azul.

María José es actriz, amante del blues, del chocolate, de los escenarios y de las historias. Fundadora de AMA EL ARTE. Cuando no está en creación de personaje recurre al de la narradora de historias. ¿Buena o mala? ¡no viene al caso! Pero las historias tienen derecho a ser contadas.


Conoce la red multidisciplinaria de arte más grande de habla hispana en su cuenta en instagram acá: Ama el Arte

Foto: Maria Orlova.

Por: Pipe Jiménez* (1976)

Puedes escuchar este relato en formato audio en la sección de la Píldora Literaria.

A la cita de los viernes, Óscar acudía perfumado, como si cada vez, por fin, fuera a resolverse su vida. A Victoria la había conocido en un peaje de la carretera hacia la costa.



-Llevo no más la mochila y una hamaca en esta otra bolsa de plástico, anticipó ella con voz de promesa.



-Voy pa'l norte, al mar, o a donde usted me quiera llevar, príncipe, -le soltó con arrojo Victoria, mediando su voz entre el coqueteo y la determinación.


A Óscar lo sedujo de inmediato ese "norte" sin destino de ella. Viajaba solo, incurable, desalojado por un desamor del pasado.


Un amigo suyo de las tardes de dominó en el centro le ayudó con el trámite para cobrar su pensión en Santa Marta.


-Súbase, me presento: Óscar Pinzón, voy a Coveñas y luego a Santa Marta. Venga conmigo.


Quiso corresponder la valentía de ella con esta invitación a la aventura, como quien tira al agua el anzuelo sin dudar un minuto que algo atrapará.


Victoria notó la edad de Óscar en las arrugas de sus manos y en su semblante. Él supo apreciar la dulzura en cada palabra de ella. Toda su ternura.


Su edad la delataba también una mirada de horizonte, templada por la experiencia. Calmada y con sosiego.


Echaron camino apreciando los mundos de cada uno, compartidos en una charla de nuevos amigos. En el trayecto hacia el norte, Óscar olvidó su pasado y se resembró en él una esperanza.


Conocieron el norte del departamento de Antioquia antes de llegar al departamento de Córdoba. Recorrieron Copacabana, Girardota, Yarumal, Puerto Valdivia, Tarazá, Caucasia...


La química era indudable.


-¿Por qué conocerlo ahora, al final de todo? Cuestionó mentalmente Victoria


Almorzaron en Planeta Rica: un pescado, patacones, tres jugos de Borojó con miel y un tinto.


Victoria encontró un camino ideal para el final de su vida. Y Óscar sería la única víctima sentimental.


A sus 45, quería despedirse del mundo con dignidad. Ninguna persona la lloraría, porque Victoria no dejaba a nadie, hasta ahora. Enviudó la noche de su boda en los años 80’s.


Renunció pronto a la fortuna de su esposo, una herencia inmerecida. Quiso desatarse de todos sus recuerdos, de todo lo material.


-Me despido del mar y de la vida, anticipó una noche su inconsciente.


El amor no había sido generoso con Óscar, como si no quisera meterse con su vida. Así que no esperaba tampoco enamorarse de Victoria. En una parada de baño, ella revisó humedades, ajustó sus olores y fijó una sombra debajo de sus párpados.


Óscar orinó, duplicó el desodorante y humedeció un pañuelo con un perfume alicorado de frutas silvestres.


Y la confianza entre ambos hizo que comenzara un romance sin promesas.


Victoria dijo "música, pongamos música" y sus manos se chocaron tímidamente. Él puso una emisora. Esa noche en un hotel húmedo e irregular en el cuidado por el aseo, dos cuerpos, sus deseos, sus sudores y la confianza de la complicidad erótica, los fundió en una felicidad que habría podido ser eterna. La felicidad de los que no tienen nada que perder. Así forjó la despedida definitiva.


En la madrugada, Óscar escuchó, o soñó escuchar, sus últimas palabras:


-Mi amor, yo vine acá para despedirme. No de ti, sino del mundo.


Sus palabras eran como la letra de una canción en medio del sueño, Para Óscar, aquella voz se fitró en su conciencia que ya estaba atrapada en una nebulosa propia la ensoñación de quien no ha retornado por completo a la vigilia. El tono fue cariñoso, como de un ángel, sin rabia, ni dolor, ni angustia. En fin, nada que lo despertara definitivamente.


En la sábana blanca, un corcho quemado registró el mensaje defeninitivo de su amante, de aquella mujer con la que comenzó a soñarse con un futuro, sin las impostergables reglas de la soledad.


Inapelable, sin temblar, Victoria escribió:


"No quiero que seas testigo de mi suicidio y te advierto, tampoco eres mi cómplice. Te amé. Fue corto, pero fue lindo y espero que no te sea difícil olvidarme. Ahora saltaré definitivamente. Adiós.


Cerca al muelle, Victoria le regaló toda su ropa a una mujer habitante de calle que lloraba desconsolada. Desnuda, corrió y saltó al mar.


Como si el rumor del viento le trasladara el chapuzón al oído, Óscar se despertó y en ese momento, para él, comenzó la penosa repetición del delirio.


Óscar ha esperado pacientemente durante diez años el salto final de Victoria, para impedirlo. Se perfuma para no verla caer, aunque algunas veces trata de convencerse que si la ve de nuevo será para poder despedirse de ella, para siempre.

FIN

Luis Felipe Jiménez, Literato. Magíster en comunicación. Firma como @Felipepoet

Editor de El Relato del Domingo.

Este relato fue escrito en noviembre de 2013 durante un viaje por las carreteras de Colombia y se publicó por primera vez el 22 de noviembre de 2013 a las 13:10 pm.

© Todos los derechos reservados.

Imagen: Anastasia Shuraeva


Despertó y recordó. Esa era su cama, su habitación, y notó que había cambiado algo desde la última vez. “¿Cuánto habrá sido ahora? ¿Cuánto tiempo más habré perdido?” Estiró la mano hasta el timbre y esperó. La joven enfermera que apareció era nueva para él.

— Hola, don Álvaro. ¿Cómo se siente? Me llamo Aurora. ¿Necesita algo? "Sí, claro, —se dijo en silencio, —juventud, salud mental, memoria, control..." —Agua y mi café, si se puede, Aurora. Gusto en conocerla. ¿Hay alguien? ¿Qué horas son? — No, don Álvaro. Solo estoy yo. Casi las diez. Ya le traigo... —¿Cuánto fue esta vez? ¿Pasó algo? —Me dijeron que tres meses. Todo está bien. No pasó nada grave. —¿Y Rosario? ¿Usted cuánto lleva acá, Aurora? —Quince días don Álvaro... Ella se fue… ¿Algo más? Álvaro sostuvo el silencio apenas lo suficiente para dolerse y ocultarlo.

—Vaya tranquila, Aurora. Así está bien. ¿Mi celular? —Acá está. Tenga. —Gracias...

Tres meses... Mientras revisaba el aparato se preguntaba cómo fue este lapso. Vio que estuvo ocupado. Sus tres pinches redes estuvieron activas hasta hace dos días. Imposible revisar los tres meses. Sin embargo, revisó sin ser prolijo. Los nombres se repetían, muchos no significaron nada para él. Los números aumentaron…muchos halagos y aplausos desconocidos. El resto, los pocos que resonaron con emociones en su memoria, son los mismos de siempre: amigos, familia. Hasta ahí el análisis. Siempre ha preferido que le cuenten, no averiguarlo.

Y como si fuera el último día de la última vez que estuvo, volvió a la pregunta que no ha tenido cómo, ni se ha atrevido a resolver jamás: ¿Quién sí habría sido, pero nunca dijo nada? ¿Vale la pena averiguarlo?

Apareció Aurora con el agua y un café con leche recién preparado. Pudo ver que esperaba responder bien al entrenamiento que debieron darle cuando reemplazó a Rosario. Se tomó el agua a grandes y pausados sorbos. ¿Por qué se iría? Llevaba mucho tiempo con él, y la mayor parte él estuvo ahí, y bien. Iba bien. Iban bien. Lástima por Rosario. Tendría que preguntar eso también.

— Gracias, Aurora. Hm… rico, —dijo cuando probó el café—, al pelo... Gracias. Aurora sonrió. "Es bonita”, pensó, "Es querida, me cae bien, todavía no tiene cara de susto..." —Me voy a levantar, Aurora. ¿Puedo? ¿Cuánto hace…? —Antier, don Álvaro. No se preocupe... Puede. Está bien. Si necesita... — No, Aurora. Nada más. Gracias.

Se enderezó con la taza en una mano hasta acomodarse de lado apoyando los pies en el suelo y estiró del todo la cama eléctrica con el control remoto que activaba con la otra. Tampoco desconoció la sensación física esta vez, ni le crujió el cuerpo, ni sintió dolor alguno como en esa primera crisis, cuando creyó que volvía a nacer, cuando ellos creyeron que se les había ido.


La primera vez que despertó sin saber nada del tiempo pasado y se enteró del otro, le pareció curiosa la sensación de cargar por un instante con un trajín ajeno en el cuerpo, como cuando un avión “siente” que cambió de piloto, pero desde el punto de vista de la silla. La metáfora es ridícula, pero le vino así a la mente.


Se levantó sin prevenciones y aguantó por si se mareaba, pero no pasó. Se puso sus pantuflas y se dirigió al baño. Por el rabillo del ojo alcanzó a ver cierta admiración en el amable y bello —sí, es linda— rostro de Aurora. "¿Cómo se verá Aurora dormida luego de cien años?", tuvo que preguntarse Disneysariamente. “Bueno,” reconoció, “no he perdido el humor.”


Entró al baño y, como siempre, lo último que hizo fue verse la cara. Luego de secar el vapor del espejo, buscó sus ojos. Entendió la expresión en la mirada de Aurora, inmerecida por lo general, dicho sea de paso. El cuidadoso y "estilizado" corte de su barba y bigote no dejan nada que desear aunque no sean su estilo y le dan un aspecto que no suele ver en el espejo desde que no actúa. Un aspecto vanidoso y, vale decirlo, elegante.

— Lo llamaron sus hijos, — le dijo sonriente al verlo salir. —Que les avise si los necesita. Que llegan en minutos. —Gracias, —le dijo mientras les escribía. —ya estoy en eso. ¡Qué hambre! ¿Cuánto hace...? — Desayunó ayer...

—¿Ayer? —Estuvo dormido…

—Con razón... ¿Qué hay? —Lo que quiera, don Álvaro. —Entonces... ¿Desayuno "clásico", será? —Ya se lo organizo, —dijo Aurora con un alegre (y sin duda inconsciente) saltito antes de salir silenciosa y calzada en sus inmaculados mocasines blancos sobre las medias veladas blancas, bajo el ruedo del uniforme blanco, delgado, algo ceñido. ¿Será cosa de iconografía fetichista, o de veras se ven tan sexis? Qué vergüenza despertar pensando en eso…


Él se quedó de pie en medio de la alcoba, ahora sí con la incómoda sensación de no saber por dónde empezar, o proseguir, más bien. ¿Qué tendría en la agenda hace dos días que no estaba en el celular? Ir al estudio, obvio, y al computador. Parece hace tanto tiempo... Cuando Aurora apareció con una cinematográfica bandeja de desayuno, se cambió de mesa para devorarse su polo a tierra, su identidad en fruta, lácteos y carbohidratos.


— ¿Vengo comiendo igual? — Sí, normal. Por lo menos que me conste desde que llegué. Y me dijeron que sí, que con Rosario también. — ¿Por qué se fue Rosario? —Ay, no sabría decirle... apenas si hablamos un par de días... pero estaba triste...


Supo que preguntar había sido idiota. Y suicida para su ánimo, de paso... Ay, Rosario. Habían alcanzado una descomplicada confianza, una amistad cómplice. Cuando Aurora le avisó que habían llegado sus hijos, Álvaro llevaba un buen rato leyendo en el computador.

—Que suban... —Me avisa cuando quieran el almuerzo. — Claro.

Los dos "jóvenes", ya rondando los 50 años, entraron con la sonrisa de bienvenida.

—¡Alvaritoo! —¡Muchachos ilustres!

Se abrazaron. —¿Qué tanto es urgente saber? —No mucho, padre. Y nada serio. No te preocupes. —Más bien son cosas buenas. —Ya miraste el compu? —Sí... No me choca. —Eso pensamos... —Pero tengo la sospecha de que se va a poner peor... Necesito resolver una cuestión pronto... —¿Qué será, Alvarín? —Una encuesta de cierre. —¿Otra vez? —Otra, no. La misma... —Para qué, Alvarito... en serio... Cuando "no estás", no te importa, vives normal... Te rinde, te entretienes, no... — Ya sé... se entretiene, no sufre. Él, sí. —Eres tú. —No. No lo recuerdo, no es mío. No soy yo. Cuando vuelvo, todo vuelve. Sobre todo, la duda. —La nostalgia, será. —Da lo mismo. Necesito saber. A propósito: ¿Qué pasó con Rosario? Los dos hombres se miraron, se dieron el tiempo, cedieron el turno... —Se fue algo confundida, triste. —¿Qué le hizo? —Le dijiste lo que pensabas...

—Lo que pensaba él, será…

—Tú, y todo. —Maldito... por eso necesito saber, antes de que sea tarde. —¿No sería peor? Él sí absorbe y recuerda...

—Mejor. Yo voy perdiendo cosas, que él las vaya guardando.

—¿Para qué?

—¿Almorzamos?

—Pero acabas de desayunar.

—Tengo hambre.

Almorzaron actualizando sus vidas, sobre todo la de Álvaro.


—Mucho homenaje, para qué…

—Tocará agradecerle, si se digna dejarse ver.

—Con la última barrió con todo, Alvarito.

—Qué bien… Lástima ¿no? al fin y al cabo, las empecé yo… ¿no?


Los dos señores lo miraron con piedad mal disimulada. Él lo entiende, ellos saben…

—Bueno… creo que hoy no voy a hacer nada ¿cierto? Estoy algo despistado. Leeré y me lo tomaré con calma.

—Me parece…

—Lo mismo opino.

—Pero eso no impide que adelantemos algo de aquello, como por ejemplo: ¿Cuántas son?

—Esa es otra, padre… algunas que ya no están. Otras no se encuentran…

—¿Cuántas son?

—Cuatro.

—Sin su mamá, obvio…

—Alvarín, no seas mierda…

—A ver… Lo digo con respeto y porque es obvio. Honestamente. Ella era, y ya sé que no fue. Con ella no tengo dudas.

Todos callaron. A lo lejos, sonaba agua que no era lluvia. Y ladró un perro con pereza.


—Cuatro, —susurró Álvaro. —De una lista que alguna vez me demoré una tarde para terminar, y dos días para resumir cuando me impuse “términos y restricciones”, o habría sido interminable. Creo que son las que son. Quiero verlas, que vengan. ¿En ocho días, si aún estoy?


La tarde pasó bien, ellos se fueron a sus asuntos, Álvaro se sentó en el computador a perder el tiempo. Leyó, corrigió algunas de sus páginas ajenas casi con vergüenza. “Cómo escribe de bien”, pensó. Revisó correo, disfrutó de la fama renovada durante su ausencia. Él es el que sale a la calle, él que va a los eventos, él que sonríe en las fotos… Al atardecer pidió una cena sencilla y se acostó. No durmió hasta el amanecer, cuando la angustia del insomnio remitió un poco y cerró los ojos como debió hacerlo el primer hombre que pensó que el sol había muerto y lo vio aparecer de nuevo. Temía volver a desaparecer sin darse el tiempo para lo que faltaba…



La semana siguiente sus hijos volvieron con malas noticias. Su esperada reunión fue un fiasco. Las cuatro mujeres por separado decidieron no asistir, se negaron a verse entre ellas, les pareció ridículo que a estas horas de la vida un escritor famoso, que se codeaba con las altas huestes de la cultura y el Jet Set, viniera a dárselas de romántico, de nostálgico cuando se le había visto correteando jovencitas en eventos y cocteles…


Álvaro, por supuesto, se sintió morir. Él no asistía a nada, no salía nunca hasta que empezaron sus ausencias. En cuestión de días empezaron a atosigarlo por su silencio y su encierro. Los medios, las redes, amigos recientes, los aduladores… emitían, comentaban, debatían y se dolían por esta nueva crisis del gran escritor y rogaban por su pronta recuperación. Entrevistaron psiquiatras y gurús para especular y explicar cómo la psiquis de los creadores hace eso cuando se aprestan a producir algo novedoso y extraordinario, previeron la salida de una nueva novela que revolucionaría la literatura de ficción, que vendría a engrosar la lista de Best Sellers de este antiguo actor, querido pero no famoso, que había, sin embargo, alcanzado la fama luego de un coma inexplicable que casi se lo lleva. Le exigían aparecer, explicar, darles material para llenarse de clicks y likes.

Álvaro escribía mientras tanto. No una novela, sino notas de su vida, recuerdos que veía alejarse, experiencias que se le iban borrando perceptiblemente.


Su duda irresoluta pasó al olvido cuando los rostros de sus amores perdieron asidero en su memoria y empezó a preguntarse de quién eran esas fotos tan guardadas, tan cuidadas, tan antiguas. Leyó los nombres escritos atrás y no le dijeron nada. Esa noche volvió a irse, en medio de una crisis de ansiedad tan aterradora que Aurora se echó a llorar a la par con él, le tomó la mano mientras él le rogaba que le hablara, que no lo dejara ir, que ya lo sentía venir, que otra vez no, que ahora no, que vinieran sus hijos, sus hijos, sus…

Al despertar, Aurora estaba ahí, y también Rosario. Y sus hijos.


—¿Volviste?—dijo Alejandro.

—Completo. —contestó Álvaro. —Lo recuerdo todo, lo sé todo. Sé quién es… Estaba atrapado con él, por primera vez viví desde ahí. No me siente, no sabe que existo, no sabe quién soy. Ha estado latente en mi médula desde mi gestación, es mi gemelo. Ahora lo sé, sé quién es la que no fue. Iba a ser mía, no suya, yo la soñé sin conocerla, y la amé. Ella me buscó, él la rechazó, le rompió el corazón y se alejó.

Álvaro cierra sus ojos.


—¿Lo ves? —preguntó Antonio.

—Sí. — dice Álvaro.

—¿Te ve? —dice Alejandro.

—No. Muere ahora…

Álvaro abre los ojos y murmura.


— Gracias.

— Pobre…—susurra Alejandro.

—No…


No sufre. Ya no sabe nada, no recuerda nada, se va sin saber que nunca nació.

FIN

Por: Por: Álvaro García Trujillo* (Copenhague, 1960)

Al mismo tiempo con los Beatles, de puro accidente Álvaro García nació en Copenhague, Dinamarca en 1960. Vive desde 2001 en Sesquilé, Cundinamarca. Papá de dos tipazos. Actor por instinto por 45 años, T.P.M. (1976-2012). Maestro en Arte Dramático de la UdeA (2019). Los personajes que ha interpretado en la tv hacen parte de la memoria audiovisual de Colombia. Escritor por reflejo desde hace 55 años con "dos libritos y otras tonterías”. Es percusionista/baterista empírico, por terapia, desde hace 53 años y lo acompañan 4 perros.

Foto: Rene Asmussen


Sigue a Álvaro en instagram como @Alvaro_García_T y en twitter: @AlvaroGarciaTr



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