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La máquina más silenciosa, pero no necesariamente la menos atractiva, permanecía solitaria como si esperara que alguno de esos visitantes se atreviera a interactuar con ella. Lo primero que pensé fue que posiblemente estaba dañada o desconectada. De acá para allá y de allá para acá, niños y niñas de todo tipo de edades, brincaban de una máquina a otra, con el sigiloso cuidado de sus acudientes. Para accionar cualquiera de las máquinas había que comprar una tarjeta cuyo saldo iba reduciéndose cada vez que una mamá, un papá, unos abuelos, un hermano o alguien deslizaba la tarjeta por una fina ranura.


Mi sobrina no sabía cómo contener la emoción de la sobre-estimulación auditiva del recinto, los dibujos de las máquinas, sus trampas de marketing le eran casi todos igual de atractivos.


Quise dejar que ella decidiera con cuál comenzar y su primera opción fueron los carros chocones. El abuelo se subió con ella al carro y como a él le fascinan los carros y en general las máquinas, la niña no pudo tener mejor compañía para esa aventura. Fue inevitable hacer ese flashback a la primera vez que me subí con mi padre, a uno de esos carros cuando niño, unos 35 años antes. La emoción de esquivar el impacto del otro carro y la frustración de no poder evitarlo con el respectivo sarandeo. Mi sobrina apenas alcanzó a pasar el filtro de la estatura establecida para permitir el acceso e impedir que los más pequeños entraran. Los escasos minutos que duró la experiencia le enseñaron, como pude registrar desde afuera con mi cámara, que conducir no es tan sencillo porque es importante entender la lógica del equilibrio entre el movimiento del manubrio y el nivel de aceleración ante la inminente chocada de cualquiera de los co-participantes. Ella apenas alcanzaba a llegar al pedal y como era previsible, fue chocada con intensidad por un niño unos tres años mayor que demostraba destreza y experiencia al volante.


Cuando se bajó, mi sobrina intentó avanzar en un videojuego al que un muñequito divertido saltaba para esquivar obstáculos. No tuvo mucho éxito y la experiencia duró poco.


Al otro lado del recinto, la primera máquina que llamó mi atención permanecía sola, abandonada a su suerte, sin la mayor esperanza de conquistar la atención de cualquier niño.


Hasta que mi sobrina se decidió a probar. Acá, me dije, será un bonito momento para que la niña experimente mejor lo que es la frustración y el engaño. Después de una muy básica explicación de lo que tenía que hacer para atrapar cualquiera de los muñecos de la urna, deslicé la tarjeta. Una luz se encendió y la palanca le permitió mover el brazo de metal para ubicarlo encima de los muñecos. No supe discernir en ese momento cuál de los ositos, o cuál de los otros animales de peluche había llamado más la atención de la niña y su afán por oprimir el botón para que el brazo metálico descendiera, me frustró a mí primero porque habría querido ofrecerle algún tipo de táctica a mi sobrina para maximizar las posibilidades de éxito. El brazo bajó y fingió agarrar el muñeco más grande, pero como es apenas esperable, al cerrarse sus dedos, el peso del peluche impidió que fuera atrapado y de manera automática retornó a su lugar inicial, sin la presa. Mi sobrina pensó que había operado mal la máquina, que era su responsabilidad haber fracasado y me dijo que quería volver a intentarlo.


-Ora vez, otra vez, insistió.


-María Antonia, trata de no espichar el botón hasta que lleves ese brazo al lugar donde quieres que baje para agarrar el que quieres.


El segundo intento fue aún más frustrante porque debido a un acto de reflejo extraño, la niña le oprimió el botón muy rápido y el brazo se bajó casi que en el mismo punto de partida.


-Otra vez, otra vez.


-Bueno, María Antonia, pero ten en cuenta que no siempre vas a lograr sacar el muñeco, el peluche, el osito. Estas máquinas están hechas para que no siempre podamos lograrlo y tengamos que deslizar la tarjeta y pagar una y otra vez. Dale, inténtalo de nuevo…


El tercer intento la ocupó más tiempo, la niña esta vez pensó mejor hasta donde llevar el brazo antes de confiar en su suerte y oprimir el botón para accionar el descenso del brazo en cuya punta los delgados dedos retransmitían el brillo, a manera de espejo difuminado, de alguna de las otras máquinas.


Entonces comencé a entender la soledad de la máquina. Ya muchos niños y sus acudientes, muchas niñas y sus familiares, habían sido previamente decepcionados. Ya nadie confiaba en la máquina. Perder no es siempre tan divertido.


La siguiente lección para mi sobrina fue la del valor de la tarjeta. Una pantallita nos anunció que no había saldo suficiente para operar la máquina. La deslicé y le dije a la niña:


-Mira, se nos acabó el dinero, la tarjeta ya no sirve para que comience a funcionar otra vez.


A la niña la visitó un llanto de esos que parecen inatajables y cuyo escándalo podría irritar a un sordo. Le volví a explicar que esas máquinas tenían esa manera de funcionar para que uno siempre crea que puede sacar el peluche, pero que no era tan sencillo. El porqué de la niña intentó ser calmado con una improvisada explicación sobre el material de los dedos en la mano al extremo del brazo. Era evidente que ese metal resbaloso no agarraría fácil cualquier peso, pero esto no era tan sencillo de explicar.


-Mira, ningún niño tiene muñequito o peluche, ninguno ha logrado sacar alguno, mejor busquemos otro juego.


La niña se dejó llevar por la música de un trencito que comenzó a funcionar a unos cinco metros.


-Tío, ahora este, ahora este.

FIN

Por: Pipe Jiménez (1976) Editor de El Relato del Domingo.

© Todos los derechos reservados 2022.

6 comentarios


Me encantó como en un relato simple llevas a tu lector a transportarse a ese lugar y ver tantas enseñanzas juntas, pero el poderlo imaginar con personas que conoces lo hace mucho más fascinante. Felicitaciones Pipe!

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Miembro desconocido
17 ene 2022
Contestando a

Gracias Hilda. No soy muy amigo de contar sobre mi vida o sobre personas cercanas en este sitio, pero comienzo a considerar que no es inviable seguir haciéndolo de vez en cuando. Pipe*

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Patricia L.G.
Patricia L.G.
16 ene 2022

Muchas enseñanzas a la vez...el engaño,el valor del dinero,la constancia que se necesita para tener algo y la frustración de lo que no se obtiene,la desesperacion por operar la máquina,un corazón joven a punto de llorar y sanado rápidamente y casi por arte de magia al final...y por fin comprender la soledad de la máquina...muchas cosas que contar en un lindo paseo...simplemente hermoso!!!

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Miembro desconocido
17 ene 2022
Contestando a

Esto me está animando mucho a seguir narrando este tipo de historias. Es sólo activar la memoria de los momentos bellos con las personas que uno ama.

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