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Por: Pipe Jiménez* (1976)

Puedes escuchar este relato en formato audio en la sección de la Píldora Literaria.

 

A la cita de los viernes, Óscar acudía perfumado, como si cada vez, por fin, fuera a resolverse su vida. A Victoria la había conocido en un peaje de la carretera hacia la costa.



-Llevo no más la mochila y una hamaca en esta otra bolsa de plástico, anticipó ella con voz de promesa.



-Voy pa'l norte, al mar, o a donde usted me quiera llevar, príncipe, -le soltó con arrojo Victoria, mediando su voz entre el coqueteo y la determinación.


A Óscar lo sedujo de inmediato ese "norte" sin destino de ella. Viajaba solo, incurable, desalojado por un desamor del pasado.


Un amigo suyo de las tardes de dominó en el centro le ayudó con el trámite para cobrar su pensión en Santa Marta.


-Súbase, me presento: Óscar Pinzón, voy a Coveñas y luego a Santa Marta. Venga conmigo.


Quiso corresponder la valentía de ella con esta invitación a la aventura, como quien tira al agua el anzuelo sin dudar un minuto que algo atrapará.


Victoria notó la edad de Óscar en las arrugas de sus manos y en su semblante. Él supo apreciar la dulzura en cada palabra de ella. Toda su ternura.


Su edad la delataba también una mirada de horizonte, templada por la experiencia. Calmada y con sosiego.


Echaron camino apreciando los mundos de cada uno, compartidos en una charla de nuevos amigos. En el trayecto hacia el norte, Óscar olvidó su pasado y se resembró en él una esperanza.


Conocieron el norte del departamento de Antioquia antes de llegar al departamento de Córdoba. Recorrieron Copacabana, Girardota, Yarumal, Puerto Valdivia, Tarazá, Caucasia...


La química era indudable.


-¿Por qué conocerlo ahora, al final de todo? Cuestionó mentalmente Victoria


Almorzaron en Planeta Rica: un pescado, patacones, tres jugos de Borojó con miel y un tinto.


Victoria encontró un camino ideal para el final de su vida. Y Óscar sería la única víctima sentimental.


A sus 45, quería despedirse del mundo con dignidad. Ninguna persona la lloraría, porque Victoria no dejaba a nadie, hasta ahora. Enviudó la noche de su boda en los años 80’s.


Renunció pronto a la fortuna de su esposo, una herencia inmerecida. Quiso desatarse de todos sus recuerdos, de todo lo material.


-Me despido del mar y de la vida, anticipó una noche su inconsciente.


El amor no había sido generoso con Óscar, como si no quisera meterse con su vida. Así que no esperaba tampoco enamorarse de Victoria. En una parada de baño, ella revisó humedades, ajustó sus olores y fijó una sombra debajo de sus párpados.


Óscar orinó, duplicó el desodorante y humedeció un pañuelo con un perfume alicorado de frutas silvestres.


Y la confianza entre ambos hizo que comenzara un romance sin promesas.


Victoria dijo "música, pongamos música" y sus manos se chocaron tímidamente. Él puso una emisora. Esa noche en un hotel húmedo e irregular en el cuidado por el aseo, dos cuerpos, sus deseos, sus sudores y la confianza de la complicidad erótica, los fundió en una felicidad que habría podido ser eterna. La felicidad de los que no tienen nada que perder. Así forjó la despedida definitiva.


En la madrugada, Óscar escuchó, o soñó escuchar, sus últimas palabras:


-Mi amor, yo vine acá para despedirme. No de ti, sino del mundo.


Sus palabras eran como la letra de una canción en medio del sueño, Para Óscar, aquella voz se fitró en su conciencia que ya estaba atrapada en una nebulosa propia la ensoñación de quien no ha retornado por completo a la vigilia. El tono fue cariñoso, como de un ángel, sin rabia, ni dolor, ni angustia. En fin, nada que lo despertara definitivamente.


En la sábana blanca, un corcho quemado registró el mensaje defeninitivo de su amante, de aquella mujer con la que comenzó a soñarse con un futuro, sin las impostergables reglas de la soledad.


Inapelable, sin temblar, Victoria escribió:


"No quiero que seas testigo de mi suicidio y te advierto, tampoco eres mi cómplice. Te amé. Fue corto, pero fue lindo y espero que no te sea difícil olvidarme. Ahora saltaré definitivamente. Adiós.


Cerca al muelle, Victoria le regaló toda su ropa a una mujer habitante de calle que lloraba desconsolada. Desnuda, corrió y saltó al mar.


Como si el rumor del viento le trasladara el chapuzón al oído, Óscar se despertó y en ese momento, para él, comenzó la penosa repetición del delirio.


Óscar ha esperado pacientemente durante diez años el salto final de Victoria, para impedirlo. Se perfuma para no verla caer, aunque algunas veces trata de convencerse que si la ve de nuevo será para poder despedirse de ella, para siempre.

FIN

 

Luis Felipe Jiménez, Literato. Magíster en comunicación. Firma como @Felipepoet

Editor de El Relato del Domingo.

Este relato fue escrito en noviembre de 2013 durante un viaje por las carreteras de Colombia y se publicó por primera vez el 22 de noviembre de 2013 a las 13:10 pm.

© Todos los derechos reservados.

Imagen: Anastasia Shuraeva

1件のコメント


Patricia L.G.
Patricia L.G.
2021年11月24日

Es un relato triste...y creo que mas triste para el...porque Victoria lo utilizo para "despedirse"de las cosas bellas de la vida(las charlas interesantes,la buena compañia,los viajes,los lugares hermosos,el sexo,etc.),sin remordimientos por lo desolado que dejaria a un hombre que fue amable con ella...😢

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