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Cuando la venta de arepas se vino abajo por la impertinente competencia que lo sacó de aquella calle en el centro de la ciudad, Matías Perdomo retomó el camino con el papel que lo acreditaba como desplazado.


El subsidio que recibía del Estado no era suficiente para cumplirle al prestamista que lo sacó de apuros.


Cuando lo sacaron de la pensión donde compartía una habitación con 9 personas, decidió retomar su largo camino de vuelta al campo. Supo que estaban buscando recolectores de café y que en una finca, en un lugar remoto, también estaban contratando para cuidar una vacas y supo también que buscaban personas que vigilaran otra finca para impedir que se talaran los árboles de palma.


Rincón, el señor del camión que lo ayudó a moverse hacia su destino, lo convenció para que lo acompañara hasta el puerto. Allí lo único que tenía que hacer era pernoctar dos noches en el vehículo, mientras el conductor hacía una visita de negocios donde un proveedor de quien don Matías no supo ni siquiera el nombre.


-Le doy cien mil pesos por cuidarme esta vaca de chatarra mientras vuelvo.


Rincón golpeó la puerta oxidada del vehículo con un golpe de mano que pareció más un gesto de cariño que un repudio hacia el camión. Le pareció risible que Rincón denominara vaca de chatarra al camión que los sacó el centro del país.


-¿Luego qué es lo que va a hacer usted mientras le cuido el carro?


-Es mejor que no pregunte socio, esto por acá es candela.


Las dos noches las pasó Perdomo con un banano, una botella de aguardiente y dos tamales que no recalentó, pero no le hizo falta.


Cuando se despidió de Rincón, una vez recibió el pago por cuidar el vehículo, no pudo dejar de ver aquellos ojos de trasnocho rojos en contraste con su aliento alicorado. El conductor llevaba una cadena de oro nueva, por fuera de la camisa, como la que llevan los cantantes de música urbana estrenando video. Guardó el dinero en una bolsa que amarró con un lazo a su cintura y arrancó.


Dos días enteros le tardó llegar al lugar donde se contactó con el sujeto que lo ubicaría en su nuevo trabajo.


-Acá no tiene que hacer mucho esfuerzo don Matías-, le dijo el nuevo empleador. Le preguntó por la libreta militar, le entregó un fusil y le informó que un tal Martínez vendría cada 48 horas para el cambio de munición. Se trataba de un mecanismo de control porque si todo salía bien, no tendría que disparar en ningún momento.


-Me dijeron que lo que tocaba cuidar era unas vacas-, le repuso.


-No señor, acá ese negocio ya no es rentable. Acá cuidamos es estos contenedores.


-Ahh las vacas jajaja- interrumpió Perdomo, con la esperanza de aprobar la complicidad sobre algo que apenas comenzaba a sospechar.


-Llámelo como quiera, pero seamos claros, acá no cuidamos vacas. Nuestra mercancía está en estos contenedores. Cada dos días viene un camión y usted firma la entrega y sano.


A Perdomo no le pareció prudente preguntar por el contenido de los contenedores, pero sintió en los ojos de su interlocutor que evidentemente se trataba de algo irregular, quizá algo fuera de los límites legales. Tampoco parecía que en el interior se llevara carne de res, ni nada por el estilo, puesto que no se trataba de cuartos fríos.


Un silencio entre ambos permitió que Perdomo escuchara un susurro generado al interior de aquella mole de metal oxidada, como si adentro se disputaran el espacio un grupo de gallinas vivas o alguna especie de animal inenarrable.


-Mire don Matías… -le dijo el contratante- vamos a ser claros de una vez…


-Acá llegan mensualmente 200 chinos en estos contenedores. Ellos son los que vienen a trabajar, sólo se les da la comida, usted cuida que ninguno se le abra, pero si se le quiere escapar alguno, apunte bien y ya sabe, coma callado…

FIN

 

Por: Luis Felipe Jiménez (1976) Editor de El Relato del Domingo

Cuento publicado inicialmente el 1 de septiembre de 2019 (primera edición). Corregido y ampliado en diciembre de 2021.

© Todos los derechos reservados.

Imagen: Pixabay


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