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Profesar en Medellín

Los hechos ocurrieron en Medellín, Antioquia, Colombia. 


Los profesores gozamos de una mezcla de privilegios. Una madrugada de rumba salsera en la capital de Antioquia inspira este relato.


Hay un aura de autoridad que nos rodea a todas las personas que profesamos. Tenemos una espada en contra: las personas que creen que les estamos enseñando algo, siempre, como si enseñáramos sin cobrar. Algunas personas, cuando nos escuchan, asumen una postura entre varias: yo sé más qué tú, no vengas a enseñarme; enséñame por favor; yo también soy profe; ¿dónde das clases? …


Mi primera experiencia como profesor, al final del milenio pasado, convocó tras una batería (instrumento de percusión) a un grupo conformado por una niña y tres niños que querían, como yo, ser bateristas. No tenía hasta entonces, alguna experiencia previa como profe y les di, a cambio de unos pesos colombianos, un poco de mi propia experiencia. 


Ana María, la más destacada de mis estudiantes, hoy en día no se dedica a la música. Diego, uno de los mejores jugadores de fútbol que he visto, a sus ocho años, ya enamoraba a todas las niñas. Hoy en día es comunicador y lector. Felipe, mi tocayo, aprecia el arte como pocas personas en el mundo y goza de una inteligencia superior. Alejandro, si no estoy mal, dedica su vida a la música electrónica y lo hace con brillante tacto. Alejo era tan buen jugador de fútbol como Diego. De Pedro, su hermano, no sé mucho hoy. Lo recuerdo como un líder, como un excelente arquero de fútbol. Estas personas tienen hoy más de treinta años y algunas tienen hijos. 


Mi segunda experiencia como profe fue con un joven que ya tenía batería. Visité el apartamento de su familia y allí le enseñé quizá lo más importante de todo baterista: la independencia. Esta palabra me fue enseñada por el primer profe de batería que tuve. El percusionista profesional expresó la idea así: “debes lograr la independización”. No sé si la Real Academia de la Lengua Española contemple esta variante. Quiero enseñarte, querida persona lectora, cuál es la diferencia entre “independencia” e “independización”, entre conquista y proceso contínuo.


El cerebro humano es un órgano en contínua expansión. Yo descreo en las categorías o límites que las ciencias como la psiquiatría, la psicología o la neurología han explorado para clasificar lo biológico. La “enfermedad” mental, es un síntoma social, no una característica individual. Es muy sencillo decir que alguien es “neurodivergente” para matizar un dolor, una frustración, un padecimiento o la manifestación de un desequilibrio. Y es común creer que el desequilibrio es indeseable. Para los artistas, menos mal, no lo es. Es el caos el que nos constituye. Recientemente le conversé con dos grandes sabias, Ana María y Maite. Les compartí que lo lindo del universo es su índole caótica. La falsa atribución humana de “ordenado” le quita al universo su principal potencia creadora. En este caso, profesé una convicción. Como la convicción de ellas cuando me permitieron conocer, a través de sus relatos, su pwrticular manera de ver el mundo de lo femenino.


Somos los seres humanos, en  nuestro egoísta afán antropocénico, los que queremos darle orden, explicarlo. Pero somos limitados, como es limitada la ciencia que hemos creado y a la que le hemos creído. El gran profe Álex Gómez, en España, me enseñó que la ciencia es la nueva religión.  Creemos ciegamente en nuestro invento, como acto de fe y nos repetimos: si esto o aquello no lo puedo explicar, no existe. Ahí está nuestro límite como seres pensantes y ahí están nuestra agonía y nuestro afán. Nuestra ansiedad, el gran síntoma contemporáneo. 


Es independiente un baterista que logra hacer que una de sus extremidades lleve un compás lento y, otra, un compás rápido. Ese ejercicio cerebral le da poder comunicativo. Lo comunica acertadamente con los otros músicos. Y la independización es el proceso por medio del cual el músico, poco a poco, se conecta con el espíritu de los otros músicos; con la audiencia y con la historia. Por eso un baterista está continuamente aprendiendo sobre su independencia, esto es: en él surge día a día, toque a toque, la independización. 


Hoy agradezco a mis nuevas profesoras, incluída la sabia Ana Margarita, por ofrecerme un nuevo orden, un rigor. Acá en Medellín siempre aprendo. 


Insistiré hasta que no me de pena: quiero aprender a bailar, en público. Tengo ritmo, conozco la música, pero mi cuerpo no se expresa en algo tan bello como el erotismo del baile si ese momento tan sublime es observado por otra persona distinta a los involucrados. Bailar en una discoteca, en un bar o en una fiesta ha sido para mí, lo más difícil del mundo.


Si llegaste hasta acá y te interesa una clase de batería o una clase de escritura, envíame un mensaje directo a cualquier red social o escríbeme un correo a: pipe@felipepoet.com 


Profe, deje el ego de búho
Profe, deje el ego de búho


Autor: Luis Felipe Jiménez Jiménez, 22 de marzo de 2026. El Poblado, Medellín, Antioquia.


Este texto fue escrito sin la asistencia de alguna inteligencia artificial. El único uso de inteligencias artificiales fue el de la imagen, para la cual hubo exploración y colaboraron humano y AI con: PerplexityAI, KlingAI, ClaudeAI y MetaAI. El concepto de la imagen reúne varias ideas: el búho como sabio nocturno; el hombre fuerte, como símbolo de la masculinidad en un mundo en el que priman la estética de la salud y el ejercicio. Y cuenta una historia: un búho renuncia a su sabiduría para ser hombre. La humanización de la experiencia en un contexto en el que se es therian o se identifica con un animal y esa nueva realidad determina el eje discursivo de la sociabilidad. No se trata de una moda más, es un discurso de época que pretende incorporar la otredad en la experiencia misma. El mensaje es claro: No soy eso otro, pero soy tan animal como eso otro. Hay una bonita reflexión en la moda therian: seamos tan animales como podamos, porque en últimas somos animales racionales. La identificación con lo diferente es un paso de aceptación por lo distinto. En la conceptualización de la imagen hay implícita una preocupación: ¿Realmente estamos preparados para convivir entre distintos?

 
 
 

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