top of page
Publicar: Blog2_Post
hace 11 minutos
3 min de lectura

¿Quién te dijo que el pasado que viviste es más honroso que este, mi presente, para que vengas con tu soberbia a imponer tu manera de pensar?


Con este pregunta - respuesta, quiso Sara que el diálogo terminara. Vemos en sus palabras su determinación y su crudeza. Impetuosa enfrentó el argumento de Mauricio y lo dejó con pocas ganas de debatir. Sin embargo, de la discusión pasaron al diálogo porque ella tenía la información que él buscaba.


El azar quiso que cambiaran de tema en ese pasillo de biblioteca donde hablarse no es rutina, sino necesidad y cada diálogo, generalmente, se supedita a lo elemental: en el pasillo de atrás están los libros de ciencias o el baño para damas queda en la otra sala. 


Una pantalla que promocionaba las actividades culturales convocó a más personas para las manualidades con plastilina que a los encuentros semanales propuesto por una promotora de lectura cuyo objetivo esencial era reivindicar la importancia histórica de la obra de Simone de Beauvoir.  


Sara, cansada del tedio por las mismas inquietudes, prefería ser corta en cada solución, prefería resolver rápido las urgencias, pero la discusión con el visitante anónimo le despertó una rivalidad inconsciente. 


Fue la tercera vez que se vieron cuando supo su nombre. Señor Mauricio, le pareció a él demasiado formal y le propuso Mauricio o Mauro, a secas. Por supuesto, Sara no aceptó el Mauro porque no sentía que la confianza pudiera establecerse tan rápido. 


Los libros sobre medicina abrieron la puerta a la reflexión entre ambos sobre el sentido de la vida y sobre por qué cuidarse con la alimentación resultaba ser, para ambos, una más de las obsesiones de algunas personas. Ella insistió que el azúcar no era tan mala como se la estaban vendiendo al mundo y él defendió los carbohidratos. 


Fue justo el tema de las dietas lo que hizo que ambos recordaron a un familiar en cama. Se dijeron mentalmente, sin confesarlo verbalmente, que el miedo a enfermar hacía parte de las listas de sus preocupaciones. Carlos, con 20 años más de experiencia, no supo como esconder su fascinación por ese pan redondo relleno de dulce de guayaba que Sara nunca probó y que le parecía un engaño por su forma, por el círculo sin nada. 

Ambos rieron cuando Mauricio explicó que el vacío servía para que la botella de gaseosa sostuviera el manjar y el pan dude no fuera devorado por las hormigas. 


Ese man está vivo, le dijo ella. Vaya a la habitación 204 y diga en la entrada que usted es un familiar. Si le piden la cédula diga que no la tiene ahí, pero que anoten… cuarenta y nueve millones trescientos veinti cinco…


Voy a visitarlo y que me cuente él si fue verdad o no lo que se dice, realmente es la única persona viva que podría confirmar o desmentir el rumor, gracias, señorita Sara. 

Mauricio no prometió volver para contarle, pero el gesto entre sus ojos dijo lo que sus bocas no pudo: esta historia la construimos entre los dos. 


Sara dejó de visitar al enfermo y las legítimas razones de esa decisión las podrás conocer el próximo domingo con la segunda parte de la visita oportuna. Por ahora, lo que debes saber es que Mauricio llegó hasta la puerta de la habitación del moribundo, a tiempo, pero una persona no quiso que él entrara…

La visita oportuna puedes no esperarla, pero llega.
La visita oportuna es un relato de ficción inspirado en la salud humana.

Autor: Luis Felipe Jiménez. Este texto fue imaginado, escrito, redactado y corregido sin la asistencia de alguna inteligencia artificial en Bogotá, Colombia, 2026. Está registrado en una plataforma que protege los derechos de autor. Si te gusta, compártelo. La imagen fue creada con Grok AI, la IA de X.


 
 
 

Comentarios


Recibe novedades y ofertas del Relato del Domingo

¡Gracias por tu mensaje! Ve a tu correo y confirma tu suscripción 

©2024 por El Relato del Domingo

bottom of page