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Desde el momento exacto en el que Juan Martín decidió desconocer la recomendación del director técnico sobre lo inoportuno que resultaría dar cualquier tipo de salto que pusiera en riesgo su cuerpo, hasta el segundo en el que el balón quedó atrapado entre sus manos, pasaron exactamente cuarenta y ocho minutos.

 

El director técnico insistió que, dadas las condiciones del campo y la reciente lesión de hombro del arquero, Juan Martín no debía entrar al terreno de juego. No obstante, el joven jugador decidió arriesgarse y colaborar con el sueño de todos: no perder el invicto.

 

El arquero suplente habría sido Navarro, que poco se destacaba en la zaga. El defensa, durante el último entrenamiento, a manera de juego, consiguió atajarle a Alex, goleador y figura del equipo, dos penales dirigidos milimétricamente a los dos ángulos opuestos del travesaño. Esta hazaña le otorgó el mérito de reemplazar a Juan Martín. Ambos hablaron previamente sobre cómo había que enfrentar la final. Juan Martín le aconsejó no descuidar el sector derecho, porque Simón, el lateral, solía no volver rápido después de cada tiro de esquina en el área rival.

 

El valiente Juan Martín, el héroe del campeonato
El valiente Juan Martín, el héroe del campeonato.

El mérito de Navarro lo consagraba como el único capaz de reemplazar a Juan Martín. Sin embargo esa tarde Navarro no se presentó en la cancha. Una molestia estomacal lo aferró al inodoro toda la tarde y parte de la noche. Sin Navarro y sin que ninguno de sus compañeros asumiera la gran responsabilidad de celar el arco; Juan Martín consiguió legitimar la imprudencia y propuso desatender la orden inicial del director técnico:

 

-Yo juego profe, deme la oportunidad, le prometo que no salto si no es necesario, pero ninguno del equipo está más preparado que yo. Navarro ya no va a llegar, profe, confié en mí.

 

Ante el riesgo de una definitiva e irreversible fractura de clavícula, el director técnico aceptó la imprudencia de Juan Martín y expuso a su equipo a una medida disciplinaria. Una norma vigente del llamado fair play dictaminaba que a ninguna persona del equipo, incluidos los directores técnicos, se les permitía poner en riesgo la integridad física de los atletas. Alinear a Juan Martín o a cualquier jugador lesionado, atentaba contra esa sana prudencia de la competencia deportiva.

 

Tiempo después, con estas palabras, Juan Martín explicó los hechos:

 

-Yo no quería perder y ninguno de mis compañeros quería perder, me tocó arriesgarme por el equipo. El profe no es el responsable, lo vamos a extrañar, no debieron echarlo, pero la verdad es que no me arrepiento de haber entrado lesionado a la cancha.

 

El balón venía en curva, más por un asunto de la física y por el poderoso viento de esa tarde en el Valle del Cauca, que por la técnica del pateador rival. Destinado a rozar con el palo o con la esquina del vertical, habría sido, sin ninguna duda, el gol del campeonato. Lo que llaman los entendidos como un “gol de banderita” o un “gol de martillito”.

 

Bastaba que el balón entrara para que el equipo rival le arrebatase el título al equipo de Juan Martín. Esa tarde, en la celebración, después de bajar de los hombros de sus compañeros, el valiente Juan Martín le dijo al equipo una sola frase. Enfatizó con orgullo su posición y expresó con sabiduría el valor de su gesta:

 

-Equipo, yo no soy goleador, pero hice lo que pude, este es un triunfo de todos. Celebren por mí, me duele mucho, pero ganamos.

 

Durante el siguiente torneo, después de recuperarse de la severa lesión por caer al suelo sobre el hombro lesionado, Juan Martín probó en otra posición. El nuevo director técnico descubrió que al joven deportista también le gustaba centrar el balón para que sus compañeros hagan memorables golazos de cabeza.

Autor: Luis Felipe Jiménez. Inspirado en su valiente sobrino Juan Martín Jiménez Messa. Bogotá, todos los derechos reservados, octubre de 2026.

 
 
 

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