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Sonó el citófono. Bajé sin mucho afán. Me esperaba un taxi pequeño de los que se meten por todas partes. Me subí, arrancamos. Mientras revisaba mi bolsillo buscando los audífonos, me sorprendió un súbito giro a la izquierda. Levanté la mirada tratando de ubicarme. A lo lejos vi un policía corriendo hacia su moto.

-¡Se me vino, se me vino, ay juemadre! Comenzó a gritar el taxista con un tono trémulo y agudo, bastante asustado. Todavía mi mente no terminaba de descifrar la situación. Algo confundido intenté calmarlo, ser un poco solidario con él y mostrar comprensión con su equivocación; amablemente le dije:


-Fresco, fresco, dele chancleta...

No se qué mecanismo operó en mi mente. Lo impulsé a que se volara. Amable y tranquilamente le indiqué que volteara hacia la derecha por el parque y que arrancara. Los dos miramos hacia atrás y vimos la moto avanzando hacia nosotros. El conductor había ya frenando junto al andén donde miró por el espejo y encontró mis ojos. Pude verlo mirándome como si en mi mirada se constarara la complicidad. Arrancó como lo habría hecho el mismo Colt Seavers, de la serie ochentera Profesión Peligro.


Me subió algo parecido a un escalofrío por los brazos. Como volador sin palo, el pequeño auto amarillo avanzó por las calles de aquel barrio de clase media bogotana.

En la emoción del momento le grité que siguiera a la izquierda, por abajo del parque; no me hizo caso, volteó violentamente a la derecha y salimos de nuevo a la calle 147. Perdimos al policía, o más bien fue él el que nos perdió de vista y camuflados en el tráfico, subimos de nuevo hacia la carrera séptima.

No volvimos a verlo. Cruzamos descaradamente la novena, por dónde habíamos girado mal. Yo simulaba estar completamente tranquilo, a pesar de que el corazón estaba que se me salía del pecho.


-Ay juemadre, será que está por acá... repetía mientras subíamos despacio hacia el semáforo.

-Ay juemadre eso siempre hay otro tombo- repetía el taxista, de nuevo con la voz trémula. Maldecía entre el susto y la valentía. Yo le aseguraba que sólo había visto uno. A este hombre le iba a dar un infarto.

Silencio.

-Me metí a la derecha porque sino, nos habría visto ese tombo al pasar el parque... -me explicó el taxista, de repente. Se rompió el silencio y a través de los ocho centímetros del vidrio de mi ventana que quedaban abiertos sentí que un vientecito anunciaba el aguacero. Cruzamos frente a mi edificio; pude ver al celador caminando hacia la puerta por la que hace tan solo un par de minutos había salido tranquilamente.


-¡Se le voló hermano! Exclamé más bien para tomar aire. Pude ver como me miraba con un extraño brillo de triunfo, por el espejo retrovisor. Lo miré con complicidad y sentí que no debíu decir se le voló sino “nos le volamos”.


Me dio un breve ataque de risa; él se contagió. Simulamos calmarnos.

Continuamos hasta mi oficina. No hablamos mucho. Me cobró siete mil doscientos pesos.

FIN


 

*Por: Álvaro Valencia Benavides (Bogotá, 1977)

Papá de Miguel, artista visual, creador digital, emprendedor, guitarrista. Fundador y CEO de Aural Networks, Su genialidad lo ha llevado por distintos ámbitos en varias industrias donde ha liderado exitosos equipos de trabajo. Síguelo en instagram como @Pholonio

1 commentaire


Patricia L.G.
Patricia L.G.
26 déc. 2021

Complices?...😂😂😂asi empiezan los adictos a la adrenalina...y que sigue?...robar el 1er Bnco Nacional?...😂😂😂

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