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Amanece nuevamente, es el último domingo del primer mes del año 2018, como la tradición de las familias paisas, estaban haciendo el desayuno con su buen calentado, la mañana transcurría tranquila hasta que se escuchó un grito lloroso que decía: “Mi negro no, no, no y no”. Helena había recibido una nota de voz de Juan Pablo, su hijo mayor. La voz de Juan traía un mensaje aterrador: “Ma que mataron a mi papá”.

El joven iba a comenzar a trabajar repartiendo volantes de una empresa a las afueras del Estadio Atanasio Girardot, pero no logró entregar ni el primero. En esta era digital, cuando ya todo es a un solo click, le notificaron que su padre estaba muerto, pero no se sabía quién lo había asesinado. Impactado y desesperado, subió a la ruta 284 del bus con destino al barrio Pedregal.

Dicen que las noticias malas son las primeras que se saben sin importar hora y distancia, así que el rumor se comenzó a difundir incontrolablemente, aunque nadie creía que fuera verdad. En el barrio se preguntaban quién fue y dudaban si la víctima sí era él.

Tocaron la puerta, era Camilo, entró a casa, abrazó a su madre y un solo llanto retumbó en la vivienda 72-80. Luego llegaron Patricia y Tatiana, hermana y sobrina de Helena. No hubo palabras, sólo se escuchaban llantos y se veían las lágrimas de los presentes. Ante el silencio de las palabras, la sala se llenó de sonidos provenientes del llanto, del suspiro melancólico común.

Cuando Juan Pablo llegó, solamente decía “mami mataron a mi papá”. Se sentó en el mueble azul del patio de atrás y habló por el celular hasta que el momento de la confirmación llegó. Todos los consumidores de redes sociales envían postales, pero nunca se imaginan que les van enviar una foto del papá, mamá, amigo o novio, pero muerto. En la fotografía se percibía un cuerpo encima de una montaña, con los ojos abiertos y su cara llena de sangre. Vestía camisilla blanca y un jean azul. La crudeza de la escena, que retrata las acciones que precedieron la tragedia, ratificaba el dolor de los hechos ocurridos.


El desconsuelo del luto se maximizaba por la distancia que los separaba del cuerpo de la víctima: un hombre que fue padre, amigo, hijo, hermano y tío se encontraba en Venezuela. La familia del difunto compró los pasajes para que su esposa y sus hijos fueran al país vecino.

Catorce horas duró el viaje y finalmente llegaron a la terminal de transportes de Cúcuta a las 12 p.m. Luego pasaron a otro bus, con rumbo al Puerto de Santander, municipio localizado en el departamento del Norte de Santander, localizado en la frontera con Venezuela, país al que se comunica a través del puente Unión. Cruzaron el viaducto y llegaron al pueblo Boca Grita en busca de un hotel para pasar la primera noche de la misión.


En periódico venezolano llamado 800 Noticias, se divulgaron algunos hechos del acontecimiento con el título "Un muerto deja nuevo enfrentamiento entre el ELN y paramilitares en el Catatumbo".

El ELN fue quien mató a “Fran Yuber Tinta Melo”, sin embargo, el verdadero nombre del muerto era Juan Pablo Ospina, de 38 años, nacido en Medellín-Colombia. Sin embargo fue identificado con el nombre de Fran Yuber porque bajo esa identidad falsa se presentaba Juan Pablo para no ser detectado por la justicia colombiana. Su alias era “Camilo”. Curiosamente su hijo mayor tenía su nombre y él, en la guerra se hacía llamar como su segundo hijo. Fue comandante de un grupo paramilitar de Venezuela, cuyas actividades al margen de la ley comenzaron en los años 80 con las bandas del barrio y el auge de Pablo Escobar. Pino Ospina, como también se le conocía, perteneció a las autodefensas de Colombia y en el año 2002 se retiró, pero tiempo después volvió a formar parte de los grupos ilícitos del país.


Un nuevo día, Camilo y Helena se dirigieron a la morgue del pueblo Santa Bárbara donde se encontraba Pino. Para entregarles el cuerpo sin tantos inconvenientes, les pidieron tres millones de pesos, una suma que ellos no tenían. Así que con miedo, dolor y rabia, Camilo se dirigió a la Policía Técnico Judicial de Venezuela (PTJ), para declarar que él era hijo de un muerto que ellos habían recogido. Con mucha madurez, el joven de solo 18 años respondió las infinitas preguntas que le hicieron para hacerle la entrega de su padre.

Como un hospital abandonado, con guantes ensangrentados, observaron el suelo lleno de basura e infestado por un olor fétido. Llegaron finalmente a la tenebrosa y pequeña morgue. Era el momento de un doloroso encuentro, entró primero la viuda y sin poder interrumpir su llanto, procedió a tocarlo. Como una pared húmeda a la que con un solo roce se le cae la pintura, la piel de su negro se deshacía hacia el suelo. Ya no había duda que fuera él, reconocerlo fue fácil por el diablo tatuado en su brazo derecho. El informe del médico forense dictó que fue torturado en el momento de su asesinato; tenía los brazos y espalda morados e hinchados y además recibió un disparo en la cara que le atravesó las cornetas y salió por el parental derecho. El segundo disparo fue en el maxilar superior.

Luego del reconocimiento, compraron químicos, aserrín, cloro y ropa para que arreglaran el cuerpo. Jackson, un joven que trabajaba en la morgue, fue quien les ayudó con la gestión para la compra del ataúd. Del suelo pasaron el cuerpo al cajón, pero la travesía no acabó ahí: el carro de la morgue no tenía gasolina y debieron llamar a otro vehículo para hacer el traspaso del combustible, lo que les llevó a soportar dos horas de espera bajo un día soleado e insoportablemente caluroso. Después debían pasar las alcabalas (retenes de policía venezolana). Fueron tres sellos que debían documentarse en toda la papelería que la PTJ les había entregado. El carro sólo podía llegar hasta el puente de San Fernando donde un joven de identidad desconocida los esperaba. Con el ataúd en una carretilla atravesaron nuevamente el puente. La multitud les daba paso, el silencio apenas se alteraba por el impredecible canto de algunos pájaros y los ojos de todos los presentes se fijaron en esta familia cuyo duelo resultaba inconsolable.

Finalmente, después de la súplica de Helena, la Policía colombiana permitió dejar pasar el cuerpo y en territorio colombiano los estaba esperando el carro de la funeraria Capillas de la Fe, de la ciudad de Medellín. Mientras que por tierra iba Juan Pablo, los tres mosqueteros se habían reencontrado y llegaron al aeropuerto José María Córdova de Medellín el jueves primero de febrero a las ocho de la mañana. Volvieron sanos y salvos.

A las cuatro de la tarde de ese mismo jueves, se siguió el protocolo de un entierro y toda la noche velaron el cuerpo. Familiares y conocidos asistieron, hubo llantos, dolor, silencio, frío, recuerdos y melancolías hicieron parte del crepúsculo, del inefable duelo.

El dos de febrero del 2018, en uno de los cementerios más viejos la ciudad de San Pedro de los Milagros, en el departamento de Antioquia, siendo las diez de la mañana, el padre del difunto tapó el hueco de la tumba acompañado por un coro que decía: “yo soy quién espía los juegos de los niños”, fragmento de una canción del grupo de rock Los Ilegales. A través de aquella contundente armonía: “muchachos duros ingresan en la mafia, papá revólver protege a sus hijos” le dieron el último adiós a Juan Pablo Pino Ospina.




FIN

 

Maria Alejandra nació en la ciudad de Medellín y es estudiante de Comunicación Social, Sueña con trabajar en procesos comunitarios que permitan mejorar las condiciones de vida de las personas que la necesitan. Es una mujer de corazón sensible, amante de la luna y cree firmemente que sin sacrificio no hay gloria.

Sigue a María Alejandra en su cuenta en instagram como @malecarq

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